domingo, 6 de agosto de 2017

Un mar infinito


No es el mar, desde luego, pero se le parece tanto que puede llegar a ser reconfortante mientras él lo permita. Nadie es tan afortunado como para encontrar siempre el mar calmado, todo el que se aventura a navegarlo sabe que se la juega, que escapa a su control, pero cuando el mar se mantiene tranquilo, cuando te acoge con amabilidad en su vastedad, puedes llegar a ser feliz. Solo has de no asomarte para intentar mirar lo que oculta en su interior, disfrutar contemplando el horizonte sin preguntarte qué hay más allá.

Pero la tranquilidad del mar no es eterna, como parece serlo el propio mar, por ello es recomendable acercarse a la costa y bajar de tu embarcación para pisar tierra firme. ¿Os imagináis un mar en el que te veas obligado a navegar eternamente? Existe, me temo, o algo que se le parece demasiado, como decía. Algo tan inclemente como éste cuando se le antoja, tan bravo como bello, tan espeluznante como apacible. Es inabarcable, incontrolable e inesperado. Está lleno de vida, pero a su vez recibe gustoso a la muerte. No tolera a los desalmados, pero tampoco tiene piedad con los inocentes. A veces sacude los cimientos de nuestra civilización para segar las vidas que cree oportuno y llevárselas a la inmensidad del oscuro vacío que esconde en sus profundidades, donde yo ahora yazco, arrastrado por sus designios, los designios del caprichoso destino. El mar por el que navegan nuestras vidas, un mar que, de una u otra forma, siempre nos acaba engullendo y llevando al fondo de su ser, donde ya nada tiene sentido, donde espero el fin de algo que es infinito.

sábado, 4 de marzo de 2017

El secreto del Hacedor


Un hombre de gran tamaño gritaba furioso en su oscura morada. Un lugar cálido gracias a las incesantes llamas que bañaban con su luz la fría oscuridad, otorgándole a ese robusto hombre, en ese momento, un aire amenazante. Aire que se esfumó cuando el llanto le sobrevino. Nadie estaba allí para consolarle, solo algunas de sus muchas antiguas creaciones que parecían mirarle queriendo ayudarle.


-Proceda en su defensa el Hacedor -pronunció un hombre de semblante serio y larga barba canosa-, acusado de violar las leyes del buen uso de los poderes divinos y de no preservar la seguridad de sus propias creaciones.
El Hacedor, con su larga melena oscura, se colocó en el centro de la colosal sala situada en lo más alto de aquella montaña.
-Señoría, no se trata de esgrimir una defensa, se trata de pedir una disculpa -el hombre agachó la cabeza-. Mis creaciones debían ser perfectas, debía usar mi poder con responsabilidad. Lo intenté, pues les otorgué a todas por igual poder, sabiduría y bondad, pero tampoco pretendía dárselo todo hecho. Me pareció fascinante que ellos mismos continuasen mi labor como hacedor y prosiguiesen con mi creación. Les di las herramientas para hacer posible el milagro de la vida, para crear algo que en esta sala repleta de grandes señores nadie más que yo puede crear. Que fuesen capaces de crear un mundo como el nuestro, pero no podía hacerles inmortales como lo somos nosotros, así que todo lo que eran solo podía mantenerse si continuaban creando y trasmitiendo. Para ello decidí ir más allá y crear algo nuevo, algo que no está entre nosotros, algo a lo que llamé “mujer”.
En la sala cada vez se respiraba un ambiente más caldeado, los presentes se miraban, algunos extrañados y otros disgustados.
-Algo que se le fue de las manos. Un error por el que pide disculpas, ¿no es así?
-¡En absoluto! Pido perdón por no ser capaz de mantener la virtud en mis creaciones ni la sabiduría suficiente para no hacer distinciones sociales, políticas o éticas ante un semejante que simplemente porta diferentes herramientas para hacer una misma labor -Las palabras del Hacedor mostraban claramente su desacuerdo y desprecio ante lo que el Juez acababa de decir.
-Esas a las que llama “mujeres” son, claramente, el motivo de que usted esté aquí hoy. Son el motivo de disputas por las que sus creaciones, tanto hombres como mujeres, sufren. Todo debido a su irresponsabilidad. No será desterrado y se le seguirá dejando crear, con restricciones eso sí, si destruye su propia creación, o, por lo menos, a parte de ella. Destruya a las mujeres, no vuelva a crearlas y será perdonado.
El Hacedor miró a todos los que permanecían en la sala sin inmutarse tras lo que el Juez acababa de decir.
­-Veo que la virtud tampoco puede encontrarse en lo que algunos llaman dioses -clavó la mirada en el Juez-. No, no acepto las condiciones de destruir total o parcialmente mi creación, por lo que asumo gustoso la condena.
­-Bien, así sea entonces. Hacedor, prescindimos de sus, por otra parte, innecesarios servicios y le desterramos del Monte Divino para que viva en la cloaca que usted ha creado y a la que llama Tierra, mundo que abandonaremos para dejarlo en el olvido, sin prestarle nuestra ayuda en ningún momento.
­-Ayuda que no necesitan, entre otras cosas porque, como bien pueden ustedes ver, son nefastos ayudando. Y, por supuesto, porque mejorarán y, algún día, os superarán. Todos tienen la fuerza, todos el poder e incluso el deseo, solo que algunos todavía no se han dado cuenta.



Bajó a lo que el Juez llamó cloaca. Observó por primera vez a sus creaciones caminando a su lado. Muchos hombres no se respetaban entre ellos, pero peor era la situación de la mujer. No comprendían que debían trabajar juntos para seguir avanzando.
Caminando por el mundo se encontró muchas cosas maravillosas y otras tantas horribles, intentó siempre ayudar como pudo a unos y otros y trasmitió a adultos y niños sus enseñanzas con intención de alcanzar la igualdad entre sus creaciones.
Un día, en uno de sus peregrinajes, vio a una muchacha mirando a un grupo de soldados.
-¿Te gustaría estar ahí como uno más? -preguntó el Hacedor mirando también a aquellos hombres.
-No. La guerra no me interesa. Me interesa acabar con ella, algo imposible y estúpido de pensar.
-No lo es querer corregir un error.
-Lo es desearlo desde mi posición.
-Tú sola no lo conseguirás, desde luego. Y posiblemente solo puedas emprender el principio de un largo camino que lleve siglos recorrer. Pero alguien tiene que empezar.
-Los hombres dominan el mundo, y con ello las guerras. Solo ellos pueden pararlas.
El Hacedor no pudo evitar reírse.
-El mundo os pertenece a cada uno de vosotros. Todos tenéis la capacidad de luchar por él y por la seguridad y los derechos de cada uno de sus habitantes. Algunos hombres creen tener el poder, pero ¿quieres que te cuente un secreto? -la joven afirmó con la cabeza mirando al hombre con cierta extrañeza­-. Me permití crear a las mujeres con algo más de sabiduría, entereza y fuerza, pues, como hombre, conocía bien nuestros límites, por lo que con vosotras decidí acercar mi creación más a la perfección.
La joven no dijo nada, pero, por cómo le miraba, el Hacedor supo que vio en sus ojos la verdad.
-Sé que ese poder a mayores que poseéis no lo utilizaréis en su contra, como algunos de ellos piensan, por eso os lo di, pues sé que lo usaréis para mejorar el mundo y luchar por la igualdad. Empieza a luchar por conseguirla, amiga mía, pues ese es el camino para alcanzar la verdadera paz.

jueves, 16 de febrero de 2017

Diminutas campanas de boda


Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y, sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen, pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.
Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados.

Cada día que pasaba, cada día que tenían que sobrevivir, se hacían más débiles. Su miedo aumentaba, su visión de la vida se tornaba más oscura de lo que ya era y necesitaban sentirse más fuertes. Se insensibilizaban y se volvían peligrosas máquinas de matar. Pero hasta la máquina más potente era frágil y necesitaba ser cuidada y a menudo engrasada. Todos ellos permanecían unidos, algunos demasiado para lo que allí estaba permitido. Tanto, que debían esconderse. No había porque hacerlo, eran parte del mismo cuerpo, eran compañeros, soldados. Eran hombres, simplemente hombres. Pero se escondieron.

¿Puede una situación generada por el odio desembocar en amor? Muchos soldados se aferraban a ese sentimiento en el campo de batalla para sobrevivir, pero ¿cuántas veces surgía el amor en una guerra? El único que tenía derecho a mostrarse ante todos tal y como era, sin tapujos, sin escrúpulos, era el odio y todo lo que reflejaba, sin importar la gente que sufriese.
El amor en una guerra puede ser un gran aliado, pero un aliado oculto, frágil, que si es descubierto puede ser aniquilado con facilidad, y más si ese amor es considerado anti-natural.

Una noche se las apañaron para descansar juntos, su amor no lo hacía. Para ellos no existía más que esa habitación, esa cama, ese hombre. Pasarían la noche despiertos, pero a la mañana siguiente tendrían la fuerza suficiente para luchar, mientras lo hicieran juntos. Lo que no imaginaban era que no pasarían la noche despiertos para consumar su amor, sino su odio, el odio de una nación. La puerta se abrió de golpe, uno de sus compañeros los vio desnudos sobre la litera que compartían. Entró dispuesto a gritar para alarmar de su llegada, pero se quedó callado. Después de un instante en silencio, los disparos recordaron al inoportuno soldado por qué estaba ahí. “Nos atacan” dijo seco, como si hubiese visto a uno de sus compañeros con el enemigo. Tras la batalla comenzaría la suya propia.

Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y, sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen, pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.

El anciano, con su uniforme lleno de medallas, se había separado de ellos mientras decía lo que debía decir. En esa boda no había alianzas ni enemistades, tampoco traiciones ni venganzas, mucho menos rencores. Solo había miedo, incomprensión, debilidad y cobardía. En esa boda solo había un hombre con algunas partes amputadas y a punto de desintegrarse por completo. Había cinco dedos presionando cinco gatillos y una mano presionando otra mano.

Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados. Tal vez fue también la debilidad lo que llevó a esos dos soldados ante aquel altar, pero la fortaleza les hizo mantenerse allí parados, juntos, en silencio, esperando el fin de su boda. Un fin que llegó pronto. El sonido de las diminutas campanas cesó, los cinco dedos se levantaron, los dos soldados cayeron, sus manos siguieron unidas. La muerte no les separó.

lunes, 13 de febrero de 2017

El poder de una sonrisa


Poseo un gran poder que lo puede cambiar todo, un poder que nadie entiende, un poder que admiro y temo. Un poder que me revive, que me da esperanzas incluso ante tanta miseria. Un poder que me mueve y que me ata, que me da fuerzas y que me las quita. Un poder que necesito, un poder que alguna vez rechacé, pero que también busqué. Un poder que no me deja dormir ni comer, y a duras penas pensar. Un poder que puede volver loco, pero que a mí me da la vida.
Con este poder puedo hacer el bien y causar mucho dolor. Puedo crear y puedo destruir. Puedo correr sin cansarme y hasta cansarme sin correr. Con él, incluso, soy capaz de ver belleza en el lugar más sórdido.

Recuerdo cómo detestaba que me tocase el sol, cómo detestaba escuchar a la gente hablar, cómo odiaba oírles reír o llorar, cómo me repugnaba verles matar o morir. Recuerdo cómo sentía lastima por todos ellos, por todo lo que les rodeaba. Tenía el poder de destruirlo todo con un simple movimiento de mi muñeca, provocando un chispazo que envolvería el mundo en llamas, así que me planteé acabar con aquello. No pretendía destruirlo, solo salvarlo, acabar con el último organismo y empezar de cero. Sigo sin saber quién me dio ese poder y para qué me lo dio, pero yo tenía muy claro cómo usarlo.

  Me elevé ante todos como un dios sin que pudiesen verme y esperé, no sé muy bien a qué. Les miré por última vez y, antes de volver a elevar la mirada, pude verla sonreír. ¿Por qué? ¿Por qué su sonrisa me detuvo? ¿Por qué sonreía en aquel lugar sin sentido? No lo sé, no sé nada, solo que quería verla sonreír todos los días de mi vida. Seguramente fuese como todos, seguramente lo sea, pero su sonrisa a mí me parecía distinta. A su sonrisa le siguieron su mirada, sus andares, le siguieron sus palabras. Al verla no pude hacer lo que debía. Decidí bajar, renunciar a aquel otro poder que nos salvaría y sucumbir al poder que ella me había otorgado. Bajar a aquel infierno para acercarme al paraíso. Fui un egoísta, un inconsciente, un impulsivo, pero ante todo fui feliz como nunca lo había sido.

Por un momento vi a la gente de otra manera. Me di cuenta de que estaban tan perdidos como yo, que algunos no tenían intención de encontrarse, pero que a otros la angustia les devoraba tanto como a mí. Y aun así luchaban, continuaban, vivían. Era increíble, peligroso, pero admirable. Eran como yo, pero muchos sin ese nuevo poder que ahora me imbuía.

O eso creía. Al observarles más de cerca comprendí que cada uno, a su manera, tiene ese poder, y cada uno decide qué hacer con él. Yo lo sé, o, mejor dicho, sé lo que no puedo hacer con él. Con este nuevo poder no puedo mejorar el mundo, no puedo cambiarlo. Con este poder sigo viendo lo mismo de siempre, pero no de la misma manera. Por eso es tan importante este poder, porque no nos hace poderosos, simplemente felices; porque no nos hace superiores, solo iguales; porque nos permite vivir en un mundo donde la vida a veces parece carecer de sentido. Se trata de un poder que nos conecta a la otra persona y que, manteniendo nuestra mortalidad, nos convierte en imparables hasta el fin, como si de verdad fuésemos inmortales.

¿Qué puedo tener yo? os preguntaréis, ¿qué la puedo ofrecer? Nada que no puedan tener los demás, menos de lo que pueden ofrecerla muchos, os lo aseguro, yo solo puedo ofrecerla ese mismo poder. Es probable que no sea correspondido, es posible que me deba conformar con verla, con oírla y hablar con ella de vez en cuando, pero ya es más de lo que tenía antes.
No será un final triste, simplemente un final sin ella, un final que no llega con estas últimas líneas, pues yo seguiré aquí, continuando la vida que ella me devolvió, dispuesto a mantener ese poder en cualquier rincón del mundo y a ofrecérselo a alguien que lo necesite como yo. Un poder al que algunos llamamos “amor” y que cada uno entiende de una forma. Lo importante es que, de una forma u otra, ese poder siempre esté ahí y sepáis usarlo, que os libere y jamás os encadene y, sobre todo, que no lo perdáis en la oscuridad y en la distancia. Sabed que siempre estará ahí esperando a que lo recibáis y deseoso de que lo compartáis.

viernes, 6 de enero de 2017

En el umbral

Ryhen era un niño del Bosque del Umbral, un paraje maravilloso en el que vivían infinidad de niños que jamás crecían y cuya alma siempre les acompaban para hacerles felices. Un día de cada año, en el bosque nevaba y hacía un frío descomunal. Eran tan bajas las temperaturas que cualquier persona corriente quedaría congelada tras pasar unas horas en el él. Si los niños del bosque del umbral no morían era gracias a su acompañante eterno, que se fusionaba con ellos creando energía muy, muy cálida en su cuerpo. Ese día, el bosque brillaba con una luz verde muy intensa que podía verse desde cualquier rincón del mundo. Ese brillo anunciaba el fin de ciclo y la renovación del alma de cada persona, por eso, durante un mes se iluminaban las calles con luces verdes. Era una fiesta que sacaba lo mejor de las personas. Sí, como la Navidad, solo que aquí la llamaban fiesta de la Umbralita. Con la Umbralita, un mineral muy común en aquel lugar, podían iluminar las calles con la luz verde, muy parecida a la luz que emanaba del bosque. Y, al fin y al cabo, el bosque de donde provenía esa luz se llamaba Bosque del Umbral, como ya he contado, así que el nombre le venía que ni pintado.

El día previo de la Umbralita los espíritus de los niños se introducían en sus cuerpos para comenzar el periodo de hibernación de tan solo un día. La nieve empezaba a caer y el brillo que desprendían los niños echados junto a su árbol iluminaba cada copo. Esa nieve de luz verde indicaba que quedaban pocas horas para que todo el bosque brillase.
Durante el día siguiente a los niños de todas las ciudades del mundo se les regalaban cosas para que les hiciesen compañía durante todo ese año, aunque siempre eran cosas materiales.
Ryhen era el único que estaba verdaderamente en el umbral, el umbral entre la gente corriente y los niños del bosque, pues ni recibía regalos ni el calor del reflejo de su espíritu. ¡Para colmo, era el primer año de Ryhen en el bosque! Cuando los niños se fusionaron con sus espíritus y se tumbaron junto a su árbol empezó a sentir mucho miedo. Tras miedo vino el frío acompañado de la nieve. No tuvo más remedio que partir.
Cuando estaba a punto de perecer congelado sintió una calidez que jamás había sentido y pudo salir del bosque vivo y con energía más que suficiente para pasear por el pueblo cercano.

Sabía que después de la lluvia verde, el Bosque del Umbral se iluminaba tan intensamente que todos podían verlo desde cualquier sitio. Entonces, antes de que terminase el día, todos se reunían en el punto más alto de su ciudad o pueblo para ver la Gran Luz que cruzaba el cielo y absorbía la luz del bosque, devolviéndolo a la normalidad. Se dice que la luz absorbida del bosque por la Gran Luz Celestial se esparcía por todo el mundo repartiendo prosperidad. ¡Es más! Si te has portado bien y eres de corazón puro te puede conceder un deseo.

Ryhen subió al punto más alto del pueblo, y entonces la vio, magnífica, cruzando el cielo con una grandiosidad inexplicable, iluminando el mundo, tan verde como la luz del bosque. La miró fijamente. No cerró los ojos, solo la contempló perdiendo la noción del tiempo. Podía haber pedido ser como los demás, tener un acompañante eterno, un amigo normal, comida o dinero. No pidió nada de eso, de hecho no pidió nada. Se quedo anonadado mirando esa luz, dejándose bañar por ella, asombrándose por su gran calidez. Era magnífica. Entonces, la Gran Luz Celestial se detuvo sobre el bosque y se hizo más grande cuando absorbió la luz del bosque. Se quedó por un momento flotando en el aire y, tras unos segundos, salió disparada hacia el pueblo.

La gente gritó entre maravillada y asustada cuando la Gran Luz pasó por encima de sus cabezas, él en cambio se quedó en silencio cuando le atravesó el pecho, del que salió la silueta de una mujer reluciente ante la que todos se inclinaron. Todos menos Ryhen.
-No he venido a concederte ningún deseo -susurró la mujer.-Al fin y al cabo ningún deseo has pedido. Pero siento tu corazón. Que no puedas proyectar tu alma no quiere decir que no la tengas... de hecho es la más intensa que he conocido. Tan intensa es, que no hace falta que la veas y hables con ella para que te sientas bien. Ella te ilumina y te mantiene con fuerzas y calor, por eso saliste del bosque sin congelarte, Ryhen.
-Sabes mi nombre.-Se maravilló Ryhen.
-Tu alma me lo ha dicho.
-Pero yo no la oigo.
-Yo tampoco... pero la siento con la misma intensidad que tú.
-¿Y qué hago para que la gente me quiera?
-Nada, Ryhen. No has de hacer nada. No aquí, este no es tu lugar. Tu lugar está muy lejos, cruzando otro umbral. Te necesitan más en ese otro lugar, pues otro niño debe llegar donde estás tú y tú has de conducirlo hasta aquí, Ryhen.
-Y, ¿entonces seré feliz?
-No a ojos de los demás, pero los demás no saben mirar. No debes buscar su aceptación, no la necesitas. Tampoco les culpes por ello, necesitan la luz que a nosotros nos sobra. ¿Sabrás dársela, Ryhen?
-No sé cómo, pero sé que lo haré.
La silueta de la mujer creó con su luz un portal, tras él se veía un mundo totalmente diferente.
-Crúzalo sin miedo, pequeño. Serás un regalo para muchas personas de ese lugar.
Ryhen ya no se sentía triste, ni tenía frío. Ahora sentía el calor, siempre había estado ahí aunque no se había dado cuenta. Y, ahora, repartiría esa luz y ese calor en aquel mundo para compartirlo con la gente que estuviese sola como lo había estado él.
Antes incluso de cruzar el umbral, sintió eso a lo que llaman felicidad.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Vacío Redentor


Las llamas acorralaban en cada esquina a aquella mujer. Día tras día vivía en aquel infierno que solo ella veía, solo ella sentía. Con aquel abominable ser que parecía disfrutar haciéndola daño. No tenía escapatoria, sabía que un día la consumiría hasta acabar con ella. La destrozaría por completo. Caminaba por la calle queriendo pedir ayuda, pero sin poder hacerlo. Algunos la miraban, pero la mayoría la ignoraban. Cruzó la mirada con otra mujer, cuyo espejo ocular reflejaba un mundo sin fuego, bonito. Pero no tardó en esfumarse, pasando de largo, devolviendo las llamas a su sitio.
Cruzó la carretera sin importarla la caótica circulación y llegó al río. Pudo ver cómo entre las llamas algunos sacaban sus móviles para grabarla, otros solo la miraban, e incluso unos cuantos la gritaban para que tuviera cuidado cuando cruzaba. Apoyó las manos en la barandilla del puente y gritó de dolor al sentir el calor del metal en sus manos. Agachó la cabeza y miró al río en el que podía verse reflejada, podía ver reflejado todo lo que había junto a ella. No pudo decir que era bonito, pero era mejor que ese infierno de fuego. Agarró con fuerza la barandilla, sin importarla ya que quemase, y se dejó caer al espejo acuático que descansaba bajo ella. Se sumergió en ese mundo anodino, pero limpio, para dejar de sentir ese dolor. Cuando lo hizo, por primera vez en mucho tiempo, no se ahogó.

Paseaba por calles grises, con gente sin rostro, sin sonidos y sin olores. Incluso aquello era menos doloroso. Las figuras poco a poco se volvían más borrosas, pero no la importaba. Por fin tenía lo que quería.
-No tienes lo que quieres, mi pequeña. -No sabía a quién pertenecía esa voz- ¿Recuerdas cuando tu madre te leía esos cuentos? Había uno que te gustaba en especial. Sí, eres muy parecida aquella niña adentrándose más allá de espejos. -Seguía sin reconocer la voz o ver la silueta de la persona a la que pertenecía-. Sí, sí. Sé que sigues sin identificarme. Eso es porque no soy nadie. No tengo forma, pero puedo dar formas, muchas formas. Me encanta crear, construir, dibujar, pintar. A través de este espejo puedo dar rienda suelta a mi creatividad, crear yo el reflejo, pues aquí nada hay que se pueda reflejar más que lo que yo cree. ¿Cómo puedes crear sin brazos ni ningún tipo de extremidad? Te preguntarás. Pues no te preguntes, no te preguntes chiquilla. Para crear nada de esto necesitas, solo pensar precisas. -Todas las siluetas habían prácticamente desaparecido, ya casi no quedaban figuras en ese lugar- Pero estás a tiempo, ¡oh, sí! ¿Sabes lo mejor de mis creaciones? Que ellas pueden crear. Más allá del espejo no hay límites. ¿¡Y no te lo crees!? Pues vas a tener que volver a cruzar el espejo para comprobarlo. Deja que me deleite con lo que eres capaz de crear. -La joven comenzó a ver una figura formándose frente a ella, junto al gran espejo- ¡Oh, mira, mira! Estás creando.
Su madre, sentada en la cama, le contaba su cuento preferido. Lo había olvidado. Siempre había querido ser como la protagonista de ese cuento. Entonces las imágenes pasaron muy deprisa, con muchas personas cruzándose en ellas, tornándose todo más oscuro hasta que comenzó a arder.
-Igual que puedes crear, puedes deshacer. Ninguna creación puede imponerse a la tuya tras el reflejo, es lo bonito del reflejo, que hay lugar para cada destello. Ninguna imagen puede imponerse a otra, todas conviven. Hay muchos estilos, muchísimos. Elige el tuyo y comienza a crear. Y si no te gusta lo que creas deshazlo, ¡maldita sea! Tienes el poder, yo te lo di. Hazme caso y cruza de nuevo el espejo antes de que se acabe el tiempo. Tus líneas no se han borrado, no las borres tú. Y mucho menos dejes que te las borren.  No vengas al mundo de la nada, ¡crea, crea, crea, crea! ¡Crea! Nunca destruyas y aléjate del que está dispuesto a hacerlo para existir.

Creyó y creó. Cruzó con dificultad el gran espejo, abrió los ojos y respiró por primera vez en mucho tiempo. No había fuego, solo agua. El agua del río la rodeaba. Tampoco tenía calor, ni frío. Vio a un montón de gente observándola desde el puente mientras alguien intentaba ayudarla. Se oían sirenas, otrora chillidos de aves preparadas para devorar los restos orgánicos de un contenedor vacío, convertidos ahora en cantos de auténticas sirenas que cumplían las promesas que hacían y que iban a salvarla. Y entre esos cánticos de sirena podía contemplarse a una auténtica sirena que, desde tierra firme, observaba a su víctima flotando en el agua, invirtiendo la historia, lo conocido, lo preestablecido. Aquella sirena que la había llevado al abismo de la locura y la salvación. Aquella sirena que la hizo conocedora de la única verdad, de la mentira más absoluta, del vació redentor, del reflejo infinito. Del espejo vacuo que nada contiene y todo refleja.
Los demonios con tridentes no existen, el infierno es tan auténtico como el paraíso, Dios es una mentira tan grande como las sirenas, que no siempre engañan, y los reinos celestiales tan tangibles como los submarinos. Solo existe el reflejo del espejo, y tras el espejo no hay nada. No, nada no. Esta él, o ella, está el vacío. El vacío tiene un nombre, el vacío tiene una voluntad, y esa voluntad es ninguna, porque el vacío no tiene un fin sino un principio, y ese principio es nuestro, nosotros lo comenzamos. Por eso ya no es necesario llenar de letras el vacío de esta hoja, a no ser que queráis saber qué pasó con aquella visitante del vacío, aquel ogro que la destrozaba y su fortuita e inusual sirena terrestre. Os lo podría decir, pero no importa. Vuestro espejo ya está reflejando y, al final, vosotros llenaréis ese vacío convenientemente. Así que ¡vamos! Haced como ella y cread, cread, cread. ¡Cread! Y jamás os dejéis destrozar.

jueves, 27 de octubre de 2016

El abismo del Destino



Buscáis el miedo. Adoráis el miedo. Necesitáis sentir los tentáculos del terror acariciándoos las mejillas, lenguas demoníacas rozándoos los labios e incluso atravesando vuestra garganta para dejaros mudos durante unos instantes. Deseáis tener esa sensación, queréis olvidar las mariposas en el estómago para sentir lombrices agujereándooslo poco a poco. Deseáis gritar, desgañitaros, revolveros e incluso correr; huir despavoridos como si la abominación más terrible surgida de las profundidades del océano os siguiese. Eso es porque no habéis oído hablar de mí, no me habéis visto, no me conocéis. Es porque no habéis estado donde yo he estado. Ninguna criatura marina de milenios de antigüedad y nombre impronunciable es tan terrible.

Escribís sobre mansiones antiguas donde habita ese ser maligno del más allá, sobre calles oscuras envueltas en una densa lluvia en las que, si pones atención, puedes oír algo más que el repiqueteo constante de las gotas de agua sobre el asfalto y los vehículos que hay sobre él. Creéis que no hay nada más terrorífico que un cementerio a altas horas de la noche, o que lo peor que podéis oír es el aullido de un lobo hambriento en un bosque sobre el que descansa una nube que os engulle antes que cualquier lobo.
Ahí no están las historias de miedo de verdad. No encontraréis nada más que la sugestión inevitable transmitida por miles de novelas o películas que nos llenan la cabeza de atmósferas repetitivas hasta hacernos creer que el mal acecha ahí. Olvidáis el miedo a la luz del día, en lugares concurridos, realizando vuestra rutina. Me olvidáis a mí.

Me acogéis en vuestras casas esperando que os ayude. Creéis que el daño que le hecho a otra gente tiene un motivo y que era un mal necesario para llegar a algún punto que solo yo conozco. Justificáis mis actos hasta que os toca a vosotros. Yo escribo sobre vuestras vidas mientras las contemplo, y cuando sois vosotros los que contempláis lo que yo he escrito es cuando descubrís quién soy realmente. Cuando la tinta de mi pluma inunda las páginas de vuestra vida es cuando vuestro corazón alberga el mayor vacío, y cuando queréis echar a correr para alejaros de mi y reclamar vuestra libertad como individuos ya tenéis un pié en el abismo. Miráis hacia él, os enfrentáis a él y lo perdéis todo. Dejáis vuestro cuerpo inerte. El abismo puede con vosotros y creéis que es hora de que os engulla. Pero yo no he dejado de jugar, no quiero todavía perder mis juguetes. Y cuando os engulla será de la manera que no deseabais, solo una parte de vuestro ser desaparecerá con él, la otra se mantendrá sobre la tierra que para vosotros ya no significará nada, la tierra que para vosotros ya será parte del vacío del abismo, carente de sentido, oscura, fría, sucia, pesada, insignificante. Terriblemente injusta y peligrosa.

Puede que claudiquéis y decidáis hacer cosas que nunca imaginasteis con tal de dejar atrás la desazón que os desgarra, que la toméis con mis mensajeros terrenales y acabéis con la vida de aquel doctor negligente o ese conductor borracho, o tal vez con vosotros mismos y los errores a los que os conduje. Pero lo único que sucederá es que la sangre se fusionará con la tinta que daban forma a esas palabras. Palabras que daban forma a esas escenas, escenas que daban forma a la vida, vida que daba forma a la muerte. Muerte que daba forma al tiempo, finito, pero eterno; configurado, pero roto. Tiempo que habrá acabado para vosotros como seres humanos cuerdos. Ya acabéis con vuestra propia vida o con la de otro, lo haréis sin pensar que solo era una de tantas criaturas surgidas del abismo, invocadas por mí. Un peón tan importante como las personas a las que perdisteis por su culpa. No significaban nada y lo eran todo. Engranajes. Sin ellos nunca hubierais mirado al abismo, no lo conoceríais, no comprenderíais qué es.

¿Y qué es el abismo? No os preocupéis, la mayoría de vosotros miraréis en él y muchos os encontraréis con vosotros mismos. El resultado tras mirarlo dependerá del tiempo que estéis ahí, contemplando la oscuridad de la verdad. Puede que no contempléis nada, una nada que os trastocará y asustará. Puede que os veáis a vosotros mismos, una imagen vuestra que no querréis recordar y que no reconoceréis. Pero, si no tenéis suerte, puede que me veáis a mí jugando en la terrible certeza del vacío, un vacío existente solo para trastocaros hasta destrozaros mientras forméis parte de la vacua existencia. Un concepto deliciosamente paradójico y complejo para vuestra frágil mente que solo comprenderéis cuando forméis parte de él, en el momento en el que dejéis de existir.

Solo debéis saber que el miedo no lo encontraréis en esas mansiones abandonadas, en esas oscuras calles lluviosas, en esos bosques cubiertos de niebla con lobos hambrientos, en esas historias de monstruos marinos. El miedo lo encontraréis en el abismo, y el abismo está en todos lados, esperando a que os adentréis en él para quitaros todo. El abismo es la vida, el tiempo, sus engranajes, el destino. Y yo soy el Destino, el mayor de vuestros temores. Soy capaz de todo, de los mayores horrores, sin que jamás los comprendáis. Y os llevaré de la mano ante ese horror sin que lo podáis prever de ninguna manera. Mi nombre os puede causar alivio, una excusa para soportar el dolor. Pero sabed que no hay consuelo, pues mis designios son caprichos y mis caprichos son insaciables. Algún día lo sabréis, yo os llevaré allí, lejos de la vida que deseáis, lejos de la muerte que esperáis y más lejos todavía de la cordura que no valoráis. Porque nadie, ni siquiera tú, estimado lector, puede hacer nada para evitarme.