viernes, 6 de mayo de 2016

Los Cuentos Prohibidos(IV)



 ¡Ves! La muerte no significa nada, lo sabía. No sé porque se preocupan tanto los adultos. Pero el cuento de Translúcida y Transida no habla solo sobre la muerte, habla de más cosas, ¿verdad? ¿Cómo decía mamá? El ajo, por ajo o algo así. ¡Eso! Ojo por ojo ja,ja,ja,ja. A veces nos equivocamos, pero no por ello debemos ser siempre castigados. ¿Que el cuento de esta noche tiene también una relación con eso? Me he adelantado ji,ji,ji. ¡Me encantan estos cuentos! Que pena que solo queden dos. Ha venido una mujer como el hombre blanco, la llaman enfermera, y también la llaman 

Lucy. Es muy buena, aunque muy seria. Hoy el hombre blanco la regañó porque no debía llevar el pelo suelto y ponerse la cafia, o lacofia, no sé, una palabra muy rara. Es una pena porque tiene un pelo rubio muy bonito. Esta mañana se me olvidó quitarme el colgante que me dio Henry y ella me lo vio, no me preguntó nada, solo me dijo muy seria que lo guardase. Aunque creo que sonrió, un poco, casi ni se veía. ¿Por qué no sonreirá más a menudo Lucy?

No sé si cinco cuentos serán suficientes para todas las noches que a lo mejor paso aquí. Entré porque tenía heridas, pero el señor blanco me miro mucho y mamá lloró. ¿Por qué tendré que estar aquí? Bueno mejor, si no a lo mejor nunca me hubieses contado esos cuentos. Además, gracias a estar en este sitio he conocido a una niña que Lucy ha subido hoy aquí. Se llama Angela y va vestida como yo. Es muy sonriente, pero no habla nada, solo dibuja y colorea. He visto sus dibujos y son muy bonitos, usa muchos colores diferentes. Hoy dibujó un pueblecito muy bonito, con un castillo muy grande y un niño muy sonriente encima del castillo, no lo tocaba, como si estuviese flotando en el cielo. ¡Ojalá yo dibujase así!

Antes de la hora de dormir fui a ver a Angela a su habitación y la vi hablando con Lucy, cuando me vieron Angela sonrió mucho y Lucy se puso todavía más seria, a lo mejor hice algo mal. Lucy llevaba otra vez el pelo suelto ¡qué guapa es! Cuando salió de la habitación se lo recogió de nuevo y se puso la el sombrerito de enfermera. ¡Eso, la cofia! Tiene los ojos azules, que pena que sea tan poco expresiva. Por un momento no pude dejar de mirarla, que tonto. Vi como sacó un espejito de mano y se colocó bien la cofia para que el hombre de blanco no la regañara. Angela carraspeo ¡ja,ja,ja,ja! Espero que no la haya parecido mal que me despistase por un momento. Me dijo que si quería me podía dibujar, yo la dije que vale. Bueno, no me lo dijo, porque no habla, pero yo la entendí. Es fácil entenderla. Lucy la entendía, pero...yo creo que Angela sí que hablaba con ella. Bueno, a lo mejor le da vergüenza hablar conmigo.

Teníamos dos horas hasta la hora de dormir y ya solo queda una así que no creo que pueda acabarlo. O a lo mejor sí, dibuja con tranquilidad pero es muy rápida. ¿Dónde habrá aprendido? ¡Oye! Vamos a hacer una cosa, ¿porque no me cuentas el cuento mientras Angela me dibuja? Así ella también puede escuchar el cuento. ¿Qué te parece? ¿Sí? ¡Qué guay! ¿Qué cuento toca esta noche? ¿Glaena? ¡Qué nombre tan bonito! ¿A ti te gusta, Angela? Je,je. Lo suponía.



EL CUENTO DE GLAENA


  
A simple vista  era un pueblecito normal y muy corriente, con un castillo como otro cualquiera en lo alto y gentes como las de cualquier rincón del mundo, pero Vinablae era un pueblo especial. De noche era el único pueblo que durante todo el año se iluminaba con luz que no procedía de antorchas ni de la umbralita, pues sus habitantes, amantes de la cultura y el progreso, tenían su propia fuente de energía desconocida en el resto del mundo. En Vinablae la gente no era corriente, en Vinablae todo el mundo tenía una mente brillante. Había quien se dedicaba al estudio de plantas y de los animales, había inventores fantásticos, literatos, actores, malabaristas, pintores...Vinablae era por muchos considerado una ciudad, la capital del mundo, aunque ciertamente no lo era.

Todo esto, sus gentes, lo hacían con respeto, sin dañar el entorno, sin molestar a sus vecinos o incluso a extranjeros que les visitaran. Tenían una mente espléndida para crear y descifrar, pero también para convivir y respetar. Únicos en todo el mundo. La reina de Vinablae llegó a vivir doscientos dos años, algo habitual en ese pueblo, pues lograron crear un elixir que les hacía longevos. Fue una buena reina que quería aprender de todos y cada uno de sus habitantes. Durante muchos años, cada día visitaba a alguien para descubrir en qué estaba trabajando.

Todos allí trabajaban por pura vocación y descansaban cuando querían o lo necesitaban. Era considerado por muchos como un paraíso, un lugar único en todo el mundo. No se conocen bien las causas de porque la gente que nacía allí tenía esa mente y ese buen corazón, pero muchos extranjeros los envidiaban. Evidentemente, los vinablaenintumtrarum, conocidos coloquialmente como vinablaentinos por la dificultad del gentilicio, cuyo origen etimológico solo conocen los propios habitantes de Vinablae, no eran tontos a pesar de ser gente de buen corazón, y tenían muy bien defendido el pueblo, tan bien que nadie se atrevió nunca atacarlo para conseguir sus secretos.

Pero por todos es sabido que para cultivarse no vale con estudiar y leer mucho, también hay que viajar. Y a la reina la gustaba muuuuucho viajar. Pasó ciento dos años de sus doscientos viajando por todo el mundo, en un momento en el que sus habitantes no la necesitaban tanto para proteger el pueblo. Su primer viaje lo hizo a los cinco años, del que asegura haber aprendido mucho, pues viajó durante dos años con su padre sin cesar, hasta los siete. A los siete atendió sus obligaciones de princesa y se cultivó. Podríamos decir que tuvo a los mejores profesores, pero todos en Vinablae eran los mejores profesionales.

La princesa, ya convertida en reina, amaba el pueblo y sus gentes y la gente la amaba a ella, pero anheló seguir su viaje donde lo había dejado, así que cuando cumplió noventa y nueve años decidió emprender el viaje de su vida. Cuando tenía ya ciento noventa y siete años conoció a un hombre de tan solo cincuenta y dos del que se enamoró. Lo más interesante de la reina Lareiva, que así era como se llamaba, era que jamás envejecía, tal y como sucedía con el resto de habitantes de Vinablae. Simplemente un día su vida se apagaba cuando se acercaban a los doscientos años, algunos podían llegar a los doscientos cuatro años e incluso hay una persona que llegó a vivir doscientos nueve años.

El hombre de cincuenta y dos años no supo que era la reina Lareiva hasta que tuvo un hijo con ella. Le confesó que era el príncipe heredero y que debía crecer en Vinablae para conocer y ganarse a sus gentes poco a poco, además de cultivarse y beneficiarse del progreso del lugar. Su amado se negó, se tendría que criar en la ciudad en la que había nacido, lejos de Vinablae, su padre así lo exigía, y en ese rincón del mundo Lareiva no tenía ningún poder. Lareiva volvió a Vinablae sola y decepcionada, había visto grandes cosas en sus viajes, pero ya nada de eso la importaba. Creía que se había enamorado de un gran hombre que al final demostró ser egoísta, mirando solo por su ciudad y descendencia al que solo le importaba la belleza de Lareiva. Incluso le repugnó la idea de pensar que Lareiva tenía casi doscientos años.

Ella, ya en su hogar, pasó un año sumida en la tristeza, en el que ni los mejores inventos, ni los mayores espectáculos ni la mejor voluntad de la gente ayudaron para que mejorará. Pero había algo que la empujaba a seguir viviendo, volver a ver a su hijo algún día, que su padre le dejara viajar de vuelta a Vinablae. Por su mente llegó a pasar algo que nunca había pasado: la posibilidad de atacar la ciudad en la que el hombre que había amado retenía a su hijo. Pero enseguida se le quitó de la cabeza, su hijo correría riesgo, y Vinablae no era una ciudad belicosa.

A los ciento noventa y nueve años dejó instrucciones sobre nombrar rey a su hijo cuando, ya siendo adulto, volviese a la ciudad. Para eso hizo llamar a la gran pintora del pueblo, capaz de crear obras imposibles. Entre sus muchos logros en el campo e la pintura, era capaz de crear retratos del futuro según descripciones del presente. Era algo que no solía hacer, pues mostrar imágenes del futuro podía destruir la armonía de la vida, pero en casos de emergencia podía hacer tal cosa, y más cuando lo pedía la amada reina Lareiva.

Lareiva describió a su bebé, mientras la gran pintora trazaba y trazaba, de vez en cuando cerraba los ojos, otras veces se le ponían en blanco al tiempo que el pincel se movía con presteza y sutileza, con delicadeza. Era un pincel bañado en oro que lanzaba destellos con cada brochazo. Era magnifico ver a esa mujer pintar, utilizar ese pincel que desprendía magia en sus lienzos. Y así lo hizo una vez más. En el lienzo podía verse el rostro del príncipe a los veinte años, un rostro que hizo llorar de emoción a la reina Lareiva. Parecía estar allí.

Todos los días durante los tres años siguientes Lareiva vivió feliz, pues si existía un lienzo de su hijo con veinte años y era obra de aquella pintora, significaba que su hijo viviría hasta los veinte años. Además, el simple hecho de poder ver la imagen de su hijo todos los días la hacía sumamente feliz. Podría haber recompensado con algo a aquella pintora, pero nada necesitaba, pues en Vinablae lo tenía todo y era feliz con su hija de tres años, que había nacido poco después de que madre pintase aquel retrato del príncipe de Vinablae.

Un día, en plena noche, la reina Lareiva se despertó de golpe. Sintió algo. Se levantó de la cama, miró el retrato de su hijo colgado en la pared, lo descolgó, lo acarició y lo besó antes de caer en redondo. La reina había muerto a los doscientos dos años de edad.
Tras el funeral de Lareiva necesitaban a alguien, no para organizar el pueblo, no para que hubiese orden, ni dictar leyes, ni para repartir justicia, pues Vinablae funcionaba muy bien. El papel de Lareiva como reina, el mismo que tuvieron sus antecesores, era el de proporcionar felicidad, confort, seguridad. La realeza de Vinablae era sucesora de un linaje muy especial en aquel lugar, pues sus antepasados fueron los primeros hombres que poblaron aquel lugar, sus fundadores.

El lugar, sin que en aquel momento lo supiesen, emanaba algo, estaba comunicado de alguna forma a la Naturaleza, al Orden de las cosas, otorgaba una superioridad mental y moral a los allí nacidos inexistente en otros rincones del vasto mundo. Pero antes de poblar ese lugar tan especial existía un pequeño manantial del que los antecesores de Lareiva bebieron, manteniendo una conexión inexplicable a las plantas y animales de aquel lugar, por ello consiguieron construir ese pueblo sin dañar de ningún modo la Naturaleza, supieron como hacerlo. Cuando más gente comenzó a vivir allí no tardaron en estar conectado a esos primeros habitantes a los que nombraron reyes. Incluso estando lejos mantenía la armonía que antiguamente mantenía el manantial, que se había secado días después de que bebieran en él, algo que nunca hubiesen imaginado, pues no era su intención provocar cambios en aquel lugar virgen.

En definitiva, era importante que la monarquía tuviese descendencia si querían mantener la armonía, la alegría, la seguridad, la conexión. En esta ocasión sentían el eco de esa armonía, pues había un príncipe, pero se encontraba lejos de allí, y ni siquiera dicho príncipe conocía la existencia de los vinablaenintumtrarum. Sin esa conexión, aunque la gente siguiese siendo inteligente y bondadosa, sentiría tristeza, desprotección y dejarían de trabajar y producir, pues su única motivación para hacerlo habría desaparecido.

Se formó un Gran Consejo en el centro del pueblo. Dicho Gran Consejo fue representado por la persona más anciana del pueblo que hablaría en nombre de todos. Ordenadamente todos aportaron ideas, todas ingeniosas e impresionantes. Pero la más recurrente, lo que la mayoría había pensado fue en recurrir a la pintora. Con su magnífico pincel y su gran mente sería capaz de utilizar el retrato que hizo del joven siguiendo la descripción de la reina para encontrar la localización. Después solo tendría que pintar aquella ciudad y alguien a quien elegirían mediante votación entre varios voluntarios accederían a la ciudad mediante el cuadro de la gran pintora. Sí, hasta ese poder llegaban las artes de aquella pintora. Pero puesto que el joven rey era todavía un bebé y podían nutrirse del eco del poder de su fallecida madre y del eco lejano que desprendía el mismo, esperarían a que fuese mayor de edad, a que tuviese veinte años. Lo que no sabían en Vinablae era que el joven rey, en la ciudad en la que vivía, sería mayor de edad a los catorce años.


Mientras la pintora trabajaba en su nueva obra, una representación de lo más fiel de la ciudad en la que vivía el rey (lo que le llevó mucho más tiempo del que uno se podría imaginar), el mejor escritor del pueblo escribía con su magnífica pluma un texto para ser leído por el mejor orador que convenciese al joven a viajar a Vinablae y reinar como lo hizo su madre. Los quince años que sucedieron (pues Lareiva había muerto cuando su hijo tenía cinco años) fueron conocidos como El Desestabilizador Quindenio Vinablaenintumtrarum, al Borde de la Catástrofe Printaneantina del Falso Rey Venido de Printanea, conocida comúnmente como la Crisis de Vinablae. Sí, los vinablaentinos eran buenos en todo menos en escoger nombres, por algún motivo no buscaban ser prácticos en ese aspecto, sino descriptivos. De hecho no les agrada que en la cultura popular se conozca a este periodo como la Crisis de Vinablae, pues la crisis completa abarcó más de quince años y ha habido más crisis, e incluso puede haber más en el futuro.

Llegó el día. Gracias a las notas de la reina Lareiva y a los cálculos de los matemáticos pudieron calcular no solo el mes de su cumpleaños, sino el día, la hora, el minuto, el segundo e incluso el milisegundo. Un matemático llegó a calcular el nanosegundo y años después, por simple interés histórico, uno fue capaz de determinar el yoctosegundo del nacimiento del quinto rey de Vinablae. Ni siquiera debería hablar de estos términos matemáticos tan precisos en este momento, pero es imposible no empaparse de la cultura vinablaentina cuando hablas de ellos.

Como decía, todos sabían ya que el rey tenía veinte años, por lo que solo hizo falta comenzar el plan. Se colocó el cuadro, que era de un tamaño colosal, en el amplio salón de la reina. La gran pintora se puso frente al cuadro, puso los brazos en cruz, inspiró y dejó pasó a los elegidos que se metieron en el cuadro como si de un portal mágico se tratase para la misión de devolver al rey, cuyo nombre desconocían hasta que los grandes astrólogos, fisiólogos, psicólogos y ensayistas estudiaron el rostro del retrato, las notas de la reina sobre la personalidad del padre del chico y los nombres más comunes de gentes nacidas en ese momento y en ese lugar en otros periodos de la historia para descubrir el nombre con más altas probabilidades. Descubrieron dos, el nombre que debería llevar y el nombre que seguramente llevase. La pintora no pudo sacar tal información mediante el retrato, pues con su pincel podía conectar materia y sentimientos del pasado, presente y futuro, pero nunca algo tan vacío en ocasiones como un nombre.

Todos en el pueblo esperaban ansiosos mirando fijamente el cuadro. Pasaron dos horas, cuatro minutos y veinte segundos, nadie se molestó en calcular los nanosegundos o los yoctosegundos, cuando volvieron. Y menos mal, porque la gran pintora solo podía mantener activo el portal con el cuadro durante cinco horas, para la siguiente conexión había que esperar un día más. Ese día, en ese momento, cuando las figuras atravesaron el lienzo y volvieron a la salón de la reina, comenzó lo que los vinablaentinos llamaron La Catástrofe de Printaneantina del Falso Rey Venido de Printanea, Precedente al Pintoresco Período de Glaena y Werdan, lo que los demás siguieron conociendo como parte de la Crisis de Vinablae.

El primero en pisar el salón de la reina fue su antiguo amado, el zapatero printaneantino, padre del quinto rey de Vinablae, autoproclamado rey de Vinablae y conocido como el falso rey venido de Printanea. A su lado iba Reeogg, su hijo. Tras ellos cuatro soldados que “acompañaban” a los enviados a por el rey de Vinablae.
-¡Hombres de Vinablae!-el printaneantino alzó la voz para asegurarse de que todos le escuchaban-. Vuestra reina, mi amada Lareiva, no estuvo de acuerdo con mi decisión, pero firmó un documento que aseguraba la protección de Printanea por parte de Vinablae, pues os describía como un pueblo no beligerante que respetaba a los otros pueblos y ciudades. Vuestra reina firmó la aceptación de las condiciones, códigos y leyes printaneantinas sobre la estancia de nuestro hijo en Printanea hasta que fuera mayor de edad, le contase la existencia de este lugar y le dejase venir por su cuenta a Vinablae si eso era lo que decidía. Pero en vez de esperar habéis decidido interrumpir el cumpleaños de mi hijo sin dejar que esto suceda, invadiendo nuestra ciudad y rompiendo este pacto. Por ello, el rey de Printanea me nombra embajador de Printanea en Vinablae y rey en funciones hasta mi muerte, cuando pasará a ser rey mi hijo Reeogg, que vivirá aquí bajo la ley y enseñanzas printaneantinas, sin poder entrar en contacto con vosotros, gente de Vinablae. Si mi muerte es causada de forma sospechosa, la Gran Alianza-conocida por los vinablaentinos como la Gran Alianza de los Regentes Cetriraneos y las Mil Ciudades Exogeraneas de las Comunidades Tecnológica-Eruditas por la Protección del Muy Improbable Ataque Vinablaenintumtrarum-, tomará parte y castigará vuestra rebeldía atacando vuestra ciudad. Puede que con vuestra tecnología y vuestros conocimientos aguantéis invasiones menores que no se dan debido al respeto que os tienen, ya sea por miedo o admiración, pero La Gran Alianza os destruirá  aunque tarden algunos meses o incluso algún año. Sabéis que una taque de tal envergadura no se dará a no ser que haya una situación como esta, en la que os habéis mostrado peligrosos por primera vez.
Como castigo por vuestra invasión, durante mi gobierno yo decidiré como invertir vuestros recursos e importaré los que vea necesarios para la ciudad de Printanea.

Fue un parlamento exageradamente largo, interminable, pero los vinablaentinos eran muy respetuosos y, además, reconocían sus errores, nadie se quejó. Solo tendrían que esperar a que el falso rey printaneantino muriese, algo que con suerte sucedería pronto, pues ya tenía setenta y dos años. No fue así.

Once años después el rey seguía vivo, los recursos de Vinablae eran más escasos que nunca, la tristeza de sus habitantes los hacía menos productivos, y al rey cada vez más amargado y enfadado con aquellos habitantes que se debilitaban. Muchos empezaron a morir a los cien años, hubo vinablaentinos que incluso murieron de forma natural a los cincuenta y cuatro. Otros murieron por errores en ciertos trabajos de riesgo, algo que nunca había ocurrido, pues nunca habían cometido errores. El colmo llegó cuando el falso rey de Printanea ordenó matar a gente por no producir la materia prima que deseaba o como la deseaba, desde simple comida a predicciones compleja o minerales antes muy comunes. Las obras de teatro ya no divertían, ni los conciertos emocionaban, pocos libros mantenían buena calidad y los lienzos de la gran pintora no tenían la viveza de antaño.
-¡Estos cuadros ya no me gustan!-Gritaba exasperado el rey en funciones de Vinablae-.¡No trasmiten nada!
-¿Acaso has podido alguna vez captar lo que trasmiten mis cuadros?-La pintora se mostró arrogante y osada, dos cosas que jamás la habían caracterizado.
-¿Me estás llamando imbécil, acaso?
-No, solo me limito a indicar lo que deduzco en base a mis observaciones en todos estos años.
-Unos segundos me bastan a mí para deducir en base a mis observaciones que eres una impertinente, y que tu impertinencia te va a llevar al calabozo. ¡Encerradla!

La joven Glaena, que tenía ya 23 años, observó cómo los guardias del pérfido padre del no menos pérfido rey Reeogg arrastraban a su madre hasta los calabozos. Ella se quedó paralizada, sin poder hacer nada. Observó impotente cómo la persona que más quería en el mundo era encerrada en una lúgubre celda para que la poca energía que le quedaba le fuese absorbida.
Más impotencia sintió cuando fue ella la que fue arrastrada a los oscuros aposentos del rey en funciones, que le obligó a pintar el cuadro más hermoso para él.
Su madre le había enseñado a pintar, pero ante todo le había enseñado a gestionar sus emociones, a controlar sus impulsos y a no emplear nunca la violencia. La clave estaba en su corazón, en su alma. Ni siquiera en las palabras, solo en el arte. Agarró el pincel de su madre, ese pincel tan especial que funcionaba como canalizador del poder de creación que poseía su madre, y comenzó a pintar, a crear. La madre de Glaena, de nombre desconocido para nosotros, le enseñó a no ser impulsiva, no por lo menos en la vida real, con las otras personas. Pero cuando creaba...cuando creaba debía sentir el lienzo, debía traspasarlo y pintar sin pensar con precisión. Debía dejarse llevar por su habilidad innata y pintar justo lo que necesitaba. La inspiración es un bien muy preciado, es el poder por el que todos los artistas, sean o no de Vinablae, se mueven. Sin él, ni con un pincel de condiciones sobrenaturales se puede hacer arte. Y ella ese día lo hizo. Visualizó la luz, sintió la esperanza, buscó la verdad en su lienzo y en sus pinturas y encontró un paisaje tan bonito y bien recreado que el padre de Reeogg se quedó fascinado.
Glaena contempló su creación y sintió que podía atravesarla, sintió el sol sobre ella, escuchó el cántico de los pájaros ya desaparecido en Vinablae, el eco del viento y el olor del verdor de aquel lugar. Sintió un refrescante aliento, un hálito de esperanza. Contempló su reflejo en unos ojos cargados de vida.
-Hola, soy Werdan.


Glaena estaba observando el retrato de su madre pintado muchos años atrás para Lareiva, el rostro de ese joven olvidado ya por la mayoría. Estaba ante el mismísimo rey heredero de Vinablae y Printanea.
-Eres...eres él. Como Reeogg, pero diferente.
-Sí, Reeogg es mi hermano gemelo. Y sí, soy el rey de Vinablae.
Si Glaena se había quedado estupefacta al conocer a Werdan, más lo hizo al saber que él sabía que le pertenecía el título de rey de Vinablae.
-Pero entonces, ¿por qué no has venido a ayudarnos?
-Porque no podía. Ayudaros iniciaría una guerra entre Vinablae y el resto de reinos de La Gran Alianza. Tenías que encontrarme, demostrar que el poder de Vinablae no se había doblegado, recuperar Vinablae utilizando acciones artísticas y no belicosas. Si alguien podía encontrarme sin moverse de Vinablae podriá hacer que el equilibrio volviese a ese pueblo antes de que el mundo comezase a desestabilizarse.
-Ni siquiera mi madre podía hacer esto de esta manera. No sin ayuda de otros artistas y estudiosos de Vinablae. ¿Cómo he llegado a ti sin buscarte?
-Posiblemente porque tu poder sea mayor que el de tu madre. Ella te enseñó bien. No te has dejado apagar por  el abuso al que os somete mi padre, y eso es lo que te ha permitido desplegar tu poder en una situación extrema como este. Tu poder, Glaena, no tiene límites.
-¿Como sabes mí...?
-Estamos conectados, como lo estamos con todos los habitantes de Vinablae. Pero nuestra conexión es más fuerte, ¿no lo sientes? No puedo explicar el motivo, pero tu poder es único en Vinablae, como si descendieses del linaje de mi madre, de los fundadores de Vinablae.
-Pero yo solo soy una pintora como mi madre.
-Sí, y no. Las nuevas generaciones comienzan a mostrar un poder que las anteriores no han mostrado. Tu abuela no conseguía tampoco hacer las cosas que consigue hacer tu madre cuando pinta. Vinablae evoluciona, y tú eres la primera de una gran generación.
-Y ahora, ¿qué hacemos?
-Crear, Glaena. Crear.

Glaena y Werdan contemplaron los paisajes de aquel lugar que la propia Glaena había pintado en el salón del trono de Vinablae. Werdan viajaba por el mundo esperando que alguien de Vinablae le encontrase, y en ese momento pasaba por una de las tierras más hermosas, apartada de los grandes reinos. Subieron a lo más alto de una montaña juntos y Glaena respiró un aire nuevo, diferente. No mejor que el de Vinablae, pero igual de purificador, con sus toques. Era como si comparabas dos magníficos cuadros pintados por dos grandes pintores, pero cada uno con sus estilos. Contempló animales que no conocía, olió nuevos aromas, percibió nuevos sonidos, probó nuevos alimentos y, por encima de todo, sintió cosas que jamás había sentido con tan solo mirar a Werdan.
Werdan, precisamente, le enseñó a sentir. A empaparse de su entorno, a dejarse imbuir por la luz de aquel lugar, a conectarse con la energía que desprendía. Observaba cada árbol, cada rama, cada hoja. Todo eso lo había plasmado en su lienzo, pero no esperaba sentirlo de ese modo, conectarse a ello.
Y después de horas recorriendo aquel paraíso terrenal había llegado el momento de pasar a contemplar otra obra y a crear una nueva.

Glaena se materializó en el oscuro salón del trono frente al hombre que estaba sentado en él. Aquel que, desde luego, no era el rey. Éste sujetaba el pincel de su madre mientras la miraba, como si no le sorprendiese que hubiese desaparecido atravesando un cuadro y hubiese vuelto horas después del mismo.
-En Vinablae sois la pera.-Se burló el rey-.Todavía sois capaces de sorprenderme. Cosa que no consiguió tu madre, por eso está en el calabozo. Lugar en el que también acaban los que intentan escapar de mi mandato. Y tú, joven, me has sorprendido a costa de romper las leyes. Lo primero que has de saber es que no volverás a escapar, ¿o acaso no crees que sé que este es el pincel con el que obras tales milagros artísticos?
Tras su pesado discurso, esos que al falso rey tanto gustaban, rompió el pincel de su madre con una facilidad que nadie hubiese imaginado, pues que estuviese imbuido por el poder de Vinablae hacía pensar a muchos que era indestructible. Glaena se controló sin apartar la mirada.
-Tan osada como tu madre. Bien, te daré una oportunidad. Pinta de nuevo un cuadro, pero ahora sin ese pincel, claro. Ya no sirve para nada. Dudo que sin vuestros asquerosos trucos vinablaentinos podáis hacer nada digno de mención.
Le dieron a Glaena un pincel normal y corriente y comenzó a plasmar una imagen en el lienzo. Lo hacía más lenta y con mucha más tranquilidad que con el cuadro anterior. Tanto, que el falso rey empezaba a perder la paciencia. Y mientras el rey perdía la paciencia algo estaba sucediendo en Vinablae.

Lo primero que sucedió fue que el sol salió entre las nubes. Lo hizo con lentitud, con tanta lentitud como pintaba Glaena. Y después de aquello la gente dejó de trabajar, los enfermos se levantaron como si nada de sus camas, la gente comenzaba a mirar al cielo, a mirarse a ellos mismos. La gente comenzaba a recordar, a recordar lo que era la esperanza, la felicidad. También a olvidar, a olvidar lo que era el miedo y la pena. Comenzaron a caminar juntos hacia el salón del trono mientras los animales salían de sus escondites con seguridad.
Las puertas de la sala del trono se abrieron de un golpe, entrando en ella todos los vinablaenintumtrarum. No lo hicieron a gritos, ni a golpes, no corriendo. Todos, con seguridad y tranquilidad, miraban al rey decididos a intimidarle, a que abandonase Vinablae o, por lo menos, dejase de explotarlos.
-¿Creéis que esto es suficiente para quebrantar la ley? ¡Mi ley! ¡JA! ¡Ejecutadles! ¡A todoooos!
Glaena seguía pintando.


Entonces se oyó un estruendo. El rey salió con presteza y preocupado de la sala del trono, ignorando a la gente y a sus soldados, que no obedecían sus órdenes. Miró al cielo y contempló lo que ensombrecía a Vinablae ocultando el reciente sol aparecido. Se trataba de una flota de cien barcos voladores de la Gran Alianza comandados por el Gran Archiduque-maestre que había viajado a Vinablae solo para detener al padre de Reeogg. Entonces, el falso rey se giró y vio a Glaena pintando sin parar.
-¡No dejéis que siga pintando! ¡Paradla! ¡Matadla!
Los guardias del falso rey cogieron sus armas, se acercaron a Glaena-que no dejaba de pintar- alzaron alabardas, espadas y hachas y las depositaron después a sus pies.
-¿Qué hacéis? ¡Detenedla! ¡Y vosotros!-se dirigió al barco del archiduque-maestre y sus otros 99 barcos-estáis incumpliendo nuestro acuerdo. Pienso recurrir a la Asamblea General de los Reinos Circunscritos y vais a...
Glaena pintaba.

Los barcos voladores se retiraban sin que nadie hubiese hablado o bajado de ellos, la gente-incluidos los guardias-abandonaron la sala del trono y dejaron a Glaena pintando. Todos alzaron la mirada, el falso rey la mantuvo alzada. Nadie observaba a los barcos que se alejaban, sino a algo que se formaba sobre el castillo, algo que flotaba sobre él. Algo que un ciudadano que se quedó en el umbral de la puerta principal del palacio pudo observar que Glaena pintaba en ese lienzo, que representaba a Vinablae en su mejor momento. En la actualidad. Glaena sonreía mirando el último elemento que había pintado y que todos miraban cómo flotaba sobre el castillo.
-Mi hijo....Werdan.
Entonces Glaena desapareció del salón del trono y apareció volando sobre el palacio, junto a Werdan. Todos, menos el falso rey, aplaudieron riendo y silbándoles. Vinablae desde aquella perspectiva, con todo el mundo unido y dichoso, era el cuadro más bonito que se podía pintar. Un cuadro coronado por aquellas dos figuras conectadas como un artista lo está a su obra.

Pocos pueden explicar con exactitud y sin caer en contradicciones lo que ocurrió en Vinablae aquel día, por qué el rey abandonó el pueblo y dejó de explotarlo, por qué la flota de la Gran Alianza se manifestó allí dispuesta a arrestar al rey al que habían apoyado y se habían marchado después, qué pasó con Reeogg, qué hicieron Glaena y Werdan. Algunos intentan explicarlo desde una perspectiva política, otros filosófica, otros psicológica e incluso otros hablan tan solo del destino. Pero la única verdad es que la Crisis de Vinablae se solucionó sin guerras, sin muertos en un conflicto, sin armas. Tampoco sería exacto ni justo decir que el arte salvó a Vinablae de su crisis. Fue mucho más. Tal vez la esperanza, la creencia, el poder de lo imposible, la independencia, el dominio sobre uno mismo, el conocimiento, la evolución, la fe. Pero no la fe en un dios, sino la fe en uno mismo, en la gente. Y la comprensión. Ese día Glaena comprendió que ella podía pintar todo eso, podía crearlo pintando. Y gracias a Werdan comprendió que cualquiera, a su manera, sin necesidad de ser pintor, podía hacer lo mismo. Gracias al poder primigenio de Vinablae se había salvado Vinablae, por eso no era incorrecto decir que Vinablae había salvado a Vinablae. De la misma forma que tú te puedes salvar a ti mismo. Siempre. Solo necesitas ese poder que posees y no siempre sabes usar.

Glaena, la Gran Pintora de Mundos y Sueños Materializados y Salvadora de Vinablae y sus Gentes descansaba ahora sobre las montañas de Vinablae junto a Werdan, el Verdadero Rey de Vinablae, Heredero de Lareiva, Conocedor de los Reinos y su Sabiduría y Flujo de Energía Infinita Materializada y Conectada a Glaena. Sí, ese día los vinablaenintumtrarum aprendieron muchas cosas, pero no a poner nombres cortos.
Ambos, juntos, observaban a la nueva Vinablae, con una energía renovada que permanecería así durante muchos años en lo que fue conocido como el Pintoresco Periodo de Glaena y Werdan. Dos seres repletos de energía vinablaentina que ese día, en lo alto de esa montaña, conectaron sus respectivos flujos de energía formando uno solo que iluminaría eternamente, no solo a Vinablae, sino también a los reinos de la Gran Alianza, y a los más pequeños que no formaban parte de ella, al igual que a los Reinos Olvidados. E incluso a los Reinos Perdidos. Iluminaron los confines más naturales y salvajes, Y, por supuesto, también iluminaron aquel lugar en el que se conocieron en aquel confín del mundo. Iluminaron incluso mundos alejados, que no eran suyos y que no conocían. Lo iluminaron todo. Y en algunos mundos a esa energía se le llamó de una forma muy concreta. Amor.

martes, 1 de diciembre de 2015

Los Cuentos Prohibidos(III)



Y ¿a dónde fue tras cruzar el umbral? ¡Jo! ¿Por qué no me lo puedes decir? Bueno, lo importante es que fue feliz. Si fue feliz, ¿qué más da hacia donde le llevase? Ojalá todos fuésemos felices, pero parece muy difícil para algunos. Otros parece que no quieren serlo nunca y hasta hay gente que dice que es imposible. ¿Te imaginas que no fuésemos felices? ¿Cómo será no ser feliz? Mamá me ha dicho que cuando la gente se muere, sus amigos y su familia se ponen tristes, me lo dijo cuando el abuelito se murió. Pero sigo sin entenderlo demasiado bien. Ni siquiera entiendo qué es para ellos morirse. ¡Seguro que nunca han estado atentos a las enseñanzas de Choburozo!

Hace unos días pasó algo malo en otro país, no me quisieron hablar de ello, pero lo vi en la tele. La gente lloraba, rezaba y hasta discutía, parece que alguien hizo algo muy malo. Una de las cosas que me enseñaste con el cuento de Choburozo es que hay un lugar para todo el mundo, y que en algunos lugares hay palabras que no existen o que no tienen significado. A lo mejor por eso no entiendo muy bien qué significa morir. ¿Tú me lo podrías explicar? ¿No?¿Que piense en el cuento de Ryhen que me contaste anoche? De acuerdo, lo haré. ¿Y que recuerde las palabras de Choburozo? ¡Jolín! Es que son muchas palabras suyas que me has contado y a lo mejor no me acuerdo de todas, ¿cuáles exactamente, las que te he dicho antes? “Hay un sitio para todo y para todos. Un lugar, por lejano que parezca. Cuando una frontera termina, siempre comienza otra, incluso aunque parezca que no haya nada, incluso aunque las palabras allí carezcan de significado”. ¡Vale! No las olvidaré, je,je.

 Hoy una gente pintada vino a hacernos cosas bonitas a los niños que estábamos allí. Les llaman payasos, alguna vez fueron al colegio a hacernos reír. Son gente buena, pero por dentro no son de colores como por fuera. Me hicieron feliz porque hicieron reír a otros niños, aunque algunos payasos me dieron pena, tan grises y arrugados como el señor de la bata blanca.

Lo mejor de la visita de los payasos fue que nos llevaron abajo y vi como entraba el señor del pelo en la cara y hablaba con la gente. La gente le decía que no con la cabeza, algunos ni siquiera le miraban. También le regañaron los señores de bata blanca y le pidieron una cosa, respeto. Pero antes de eso pude acercarme a él y saludarle. Me dijo que se llamaba Henry y que tenía una cosa para mí. Mamá dice que no coja cosas de extraños porque supone que los extraños son malos. Pero Henry era bueno, lo vi. Lo que me dio era un colgante muy bonito y brillante que nadie vio que me daba. Me dijo que esta noche me lo pusiese para dormir y me lo quitase cuando amaneciese, antes de que me viesen con él puesto. La gente se quejó porque Henry les pedía cosas que ellos no querían darle, pero a mí no me pidió nada, y encima me regaló ese colgante. Además me guiñó un ojo y me sonrió antes de irse, algo que no hace mucha gente.

Henry sigue en la calle, lo veo desde mi ventana, y yo sigo en mi habitación, en mi cama, contigo. Pero Henry tampoco parecía estar solo. Había algo en él que no veo en otras personas. No era gris, ni arrugado. Bueno, ya es de noche y ya me he puesto el colgante, ahora cuéntame el tercer cuento. Dijiste que eran cinco los cuentos que nunca me habías contado y solo me has contado dos. Parece que hubiese pasado una eternidad desde que me contaste el de Ryhen. ¿Cuál toca hoy? ¿El cuento de Translúcida y Transida? Que palabras más raras, ¡Pero qué ganas!


EL CUENTO DE TRANSLÚCIDA Y TRANSIDA


 Una dama de vestido blanco y cabellos rubios entró en el salón del trono. Nadie parecía verla, pero todos se apartaban para que pudiese pasar. Había gente llorando y una mujer gritando junto al trono. “¡Mi hijo!” Gritaba desesperada. La dama cogió al pequeño rey tendido en el suelo sin que nadie se opusiera...excepto la madre, que pataleó y gritó más alto mientras sus propios guardias la agarraban. “¡No te puedes llevar a mi hijo!” Nadie había visto a la dama rubia llorar jamás. Quien decía que la había visto llorar era tomado por loco. Incluso había leyendas que contaban que quien viera una lágrima suya sería inmortal. La dama, con el semblante serio, la piel pálida y, según muchos, la sangre helada, continuó caminando hacia el exterior del castillo. Frente a ella se formó un charco de una sustancia plateada y espesa que comenzó cogiendo forma hasta convertirse en un espejo ovalado por el que se introdujo junto al muchacho. Nadie conocía adónde le llevaba el espejo, pero todos sabían que allí no llegarían los gritos y llantos de aquella madre.

En el pueblo al que acababa de viajar para llevarse al joven rey no había día que no se hablara de la dama. Todos la temían, pero todos la debían ver quisieran o no, de forma directa o indirecta. Muchos aseguraban que se la había visto en muchos rincones del mundo al mismo tiempo e incluso algunos afirmaban haber visto cómo se comía a las personas que se llevaba. A los niños se les intentaba asustar con la llegada de la dama, era más usada para estos fines incluso que Gasgoroz, el monstruo del pantano. Pero los niños, misteriosamente, no temían a la dama rubia, conocida por todos como la Dama Translúcida, pues a través de su blanco vestido se podía ver lo que había más allá sin llegar a verla nunca el cuerpo. Otros decían que se llamaba así porque el espejo dejaba ver otro mundo a quien miraba en él, y había quien aseguraba que quien viese una lágrima suya no conocería la eternidad, sino el pasado de la dama. Lo curioso es que su semblante no dejaba ver nada más allá, por ello su apodo no dejaba de ser irónico.
 

La reina madre, cuyo hijo fue arrebatado por la Dama Translúcida, fue conocida desde ese día como la Dama Transida, pues jamás volvió a ser feliz. Pasó años sin volver a encontrar la felicidad, arrugada por dentro y por fuera, hasta que un día pensó en la venganza. Pensó en acabar con la Dama Translúcida, en hacerla daño y en obligarla a devolverle a su hijo. Todos decían que era una locura y que era peligroso, ella no hizo caso.

No diré cómo hizo que un día volviera al castillo, pues es fácil de imaginar. Aunque esta vez la persona a la que la Dama Translúcida se llevaría sería a un sirviente de la Dama Transida que ésta última ya no necesitaba. Había sido un pequeño sacrificio necesario para poder reencontrarse con su hijo. La Dama Translúcida apareció de nuevo; de nuevo con aquel semblante, de nuevo con aquel vestido, de nuevo con aquel cabello, con aquellos ojos color turquesa. Nadie la miraba, a pesar de que todo el mundo después hablaba de ella. Nadie quería llamar su atención. Un hombre de la corte se atrevió a mirar su vestido, viendo más allá a la reina madre y verificando que era real, no se podía ver el cuerpo de la dama rubia a través de las transparencias de su blanco vestido.

Más allá de las transparencias el hombre vio a la anciana reina sacando una daga al tiempo que se abalanzaba hacia la Dama Translúcida. La anciana reina la atravesó, dándose de bruces contra el mármol del suelo. La Dama Translúcida no hizo caso, la anciana madre lo volvió a intentar sin éxito alguno, comenzando a gritar desquiciada por no poder llevar a cabo su venganza. Pero cuando salió de nuevo del salón del trono, la Dama Transida, con su boca arrugada, volvió a sonreír. Sus soldados esperaban fuera con órdenes claras.
Estos hombres esperaban en las almenas y los muros, junto al portón y la empalizada, a pie y a caballo.
 
Un grito resonó en todo el pueblo, un grito que ordenaba el ataque, un grito que heló los corazones de sus habitantes más que la mirada de la Dama Translúcida, pues por todos era sabido que no se debía retar a la dama, y nadie había intentando nunca tal despropósito. El silbido de las flechas sustituyó el canto de los pájaros y el acero le regaló protagonismo al sol con cada destello. No atacaron a la dama, pues ya habían comprobado que su cuerpo etéreo no se podía dañar, sino al espejo. Sin el espejo a nadie más podría llevarse, aunque la anciana reina, loca ya por la tristeza, no pensó que sin espejo tal vez tampoco pudiese devolverle a su hijo.

El espejo no corrió la misma suerte que el cuerpo de la dama rubia, de belleza inconmensurable. El espejo se hizo añicos volviéndose a convertir en una sustancia espesa y plateada. La Dama Translúcida se detuvo, miró a la Dama Transida que reía sin parar lanzando improperios nada propios en boca de una reina, y dejó el cuerpo del mayordomo en el suelo, yéndose sin más, caminando, despacio, muy despacio. No se enfadó, ni lloró, nada. Solo se fue. Allí se quedó el mayordomo, nadie supo qué hacer con él. Más gente empezó a caer como el joven rey o el mayordomo, tanto en el castillo como en el pueblo. Cuando tuvieron la idea de enterrar los cuerpos ya era demasiado tarde, una enfermedad se propagó por el lugar y más gente empezó a caer.
 
La Dama Transida comprendió, había sido ella, y no la Dama Translúcida, quien había condenado al pueblo. Translúcida solo se los llevaba, era lo que había que hacerse, era parte de la vida. Dejándolos allí la enfermedad no tardó en propagarse, muriendo más de los que debían. Un día, a pesar de su vejez y su debilidad, por algún motivo que nadie ha sido capaz de comprender, la anciana reina, la madre, la Dama Transida, fue la única persona viva que quedaba en el pueblo, y ella sola no podía encargarse de enterrar a todos. El pueblo estaba lleno de gente sin vida y ella era la causante de aquello. Rodeada de gente muerta la Dama Transida se arrodillo, lloró y pidió perdón sin saber si mirar al cielo o al horizonte esperando que la Dama Translúcida apareciese. Pero no lo hacía, su vestido blanco no se dejaba ver, su cabellera rubia no hacía acto de presencia, ni deslumbraban sus ojos turquesa, ni su semblante pétreo. Lloró, lloró y lloró, había decidido llorar hasta quedarse sin lagrimas, hasta morirse del cansancio. Pero la muerte nunca llegó, en cambio si lo hizo la Dama Translúcida.

De la misma forma que cuesta creer que la Dama Transida fuese la única que no murió, también cuesta creer que una sola persona llorando pudiese generar un charco de lágrimas. Pero más increíble es que la Dama Translúcida emergiese de ese charco ante la sorprendida reina, cuyos lloros y lamentos se detuvieron en seco.
La deslumbrante y joven dama rubia miró a la apagada y anciana dama canosa antes de mirar a su alrededor, de ver a toda esa gente muerta. No se inmutó, el semblante no cambió, pero una lágrima plateada asomaba del ojo derecho de la Dama Translúcida. La anciana reina pudo ver claramente la lágrima y lo que había más allá de ella. No obtuvo la eternidad, sino la verdad.

Pudo ver a una joven niña rubia con una coleta y un vestidito azul en el jardín de un palacio plateado. Jugaba y reía con otra niña de pelo de ébano y vestido gris alrededor de mucha gente que desprendía una paz desconocida para ella. Una mujer de cabellos plateados apareció a través de un espejo que había en el centro del enorme jardín. La persona que llevaba en sus brazos despertó, se levantó, miró a su alrededor, dio las gracias a la dama que la había transportado y se fue a reunir con algunos conocidos.
Los cabellos plateados y ondulados de esa misteriosa dama la hipnotizaron, tanto que casi no escucha lo que le dijo a las niñas. “Llegó el momento”. Hablaron de un error, un error que cometió la Dama Argentada (pues así era conocida la dama de cabellos de plata) y que tuvo que pagar con la separación de las pequeñas damas. Una sería su heredera, la otra viajaría y viviría más allá del espejo, olvidaría su pasado allí y algún día se reencontraría con su pequeña hermana, momento en el que habrían ya pagado el error de su madre y volverían a estar juntas, eternamente.

La lágrima de la Dama Translúcida ya había llegado a su fina barbilla, oscilando entre el pálido rostro de la dama y el verdor del suelo que pisaban. Antes de que cayese, la dama mostró un colgante que llevaba oculto entre el vestido blanco, abrió el recipiente que llevaba en él y guardó allí la lágrima. La lágrima de la eternidad, con la que nunca podrían volverlas a separar, la que mantendría el recuerdo vivo.
La Dama Transida no solo había aprendido a aceptar la muerte aquel día, sino que había pagado la deuda de su madre. Translúcida y Transida se abrazaron al tiempo que un nuevo espejo emergía de las lágrimas de la última. Se separaron y comenzaron a recoger cuerpos para llevarlos más allá del espejo.

 “La muerte has de aceptar, no hace falta comprender. Ni siquiera su significado tienes que conocer, pues ningún significado tiene si más allá del espejo te dejas caer”. Tras esas palabras de la Dama Translúcida ambas damas se cogieron de la mano, atravesaron el espejo y la Dama Transida dejó de serlo para siempre. Más allá del espejo, más allá de la vida y la muerte, volvió a ser conocida como la Dama de Ébano. 

jueves, 23 de abril de 2015

Corazón Envenenado(VI)


ACTO VI
ABSTRUSA MARIPOSA






El grito la había dejado paralizada. No había podido ver la reacción del resto debido a la oscuridad, pero a juzgar por el silencio todos estaban petrificados. La única luz que había aparecido por un momento entre la oscuridad les había cegado momentáneamente. Y entonces escuchó dos palabras pronunciadas por el guardián que la extrañaron: “nos vamos”. Habían ido allí para comprobar si escondía el cofre, si se podían ahorrar el viaje al norte. Y a pesar de que ella ya había asegurado que no poseía el cofre, puesto que no lo había encontrado cuando se dispuso a robarlo, no la habían creído. ¿Qué había pasado en ese instante? ¿Por qué gritaron el príncipe y el guardián? ¿qué había sido esa luz? No conocía ninguna artimaña similar de sus hermanos, pero ¿y si era un sistema oculto de defensa? No tenía sentido, sus hermanos no habían actuado tras activarse esa intensa luz.
Sus pensamientos se interrumpieron. Oyó pasos. Una de las antorchas se encendió. Poco después otra, y luego otra...los rostros de los allí presentes iban desvelándose entre las tinieblas, algunos desencajados, otros impertérritos. No veía al príncipe por ninguna parte. Entonces escuchó un desagradable gemido, a alguien vomitando sobre el suelo de la caverna. Era el príncipe, arrodillado con las manos sobre el estómago. El guardián se acercó a él para ponerle una mano en la frente mientras seguía devolviendo. Después de limpiarle le cogió, miró a todos los que le estaban observando y se giró hacia el pasillo de vuelta.
-Acompañadnos a la salida, no podemos perder ni un segundo más.-Comenzó a caminar con el príncipe en brazos dispuesto a que le acompañaran.
-¿A qué habéis venido?-Preguntó su hermano molesto.
-A encontrar respuestas que ya se nos han dado.-Siguió caminando.
-¿Quiénes sois?-Intervino por fin la líder.
-Un guardián. Nada más que un guardián. La pregunta es quiénes sois vosotros.-Se detuvo y se volvió a girar.
-Humildes ladrones...nada más.-Nunca había visto así a su superiora. Afectada por algo que parecía no poder controlar.
El guardián no añadió nada. El condestable hubiese soltado una carcajada estridente al oír tal frase, pero él se mantuvo muy serio y continuó caminando.
-Que alguien les acompañe a la salida, por favor.
Fue ella la que se ofreció. Comprensiblemente nadie se opuso, algo que no hubiese sido tan comprensible hacía solo unos minutos. Era como si en ese momento todos tuviesen miedo de todos. El soldado cojo la siguió.


Llegaron a la salida. Al guardián y su compañero les vendó los ojos. Al príncipe no hizo falta, se había desmayado. Recogieron a los caballos, subieron los primeros escalones, momento en el que ella cogió una piedra del suelo y la apretó contra su mano. Esperaron unos segundos y entonces una compuerta se abrió permitiéndoles seguir subiendo hacia el exterior. Su líder había recibido la señal y abierto la compuerta con la única piedra que podía hacerlo, una especie de diamante rojizo que ella poseía. Salieron, dieron varios pasos y cuando la ladrona considero les quitó a todos las vendas.
El guardián se subió a su caballo junto al príncipe inconsciente, comenzando a hacer trotar la caballo sin mediar palabra. No tenía intención de despedirse. La ladrona le observaba entrecerrando los ojos, la luz del sol la molestaba y todavía se sentía un poco mareada debido a la luz que les había cegado abajo y al golpe en la cabeza que había recibido de Rojiza, de hecho todavía tenía sangre e la frente.
-Parad, por favor.-Había hablado el caballero cojo.
-No hay tiempo, si quieres llevártela a la cama hazlo, pero no esperaremos por ti.-Había decidido hablar mientras su voz sonaba cada vez más lejos.
Por un momento el soldado cojo no sabía qué decir.
-No...no podemos irnos sin ella..
Él guardián le ignoraba.
-La necesitamos.
-La necesitas tú, no yo. Además, no me fío de ella.
-Nos ha ayudado. ¡Nos dijo la verdad! ¿Por qué no confiar en ella?
-Tal vez en quien no se pueda confiar es en ti...guardián. Tal vez no me temes a mí si no a tu pasado.-La ladrona no pudo quedarse callada, algo que seguramente debería haber hecho.
El guardián detuvo al caballo y la miró.
-¿Acaso quieres venir con nosotros? No sacarás ningún beneficio a menos que nos robes el cofre y no me voy a arriesgar a tal cosa.
-Si intenté robar el cofre fue porque era lo único que me quedaba...el ciempiés está cercenado, pero puede coserse, volver a unir sus partes. Me siento libre viviendo como una ladrona, pero soy consciente de que me falta algo nada que ver con lo material. Déjame intentarlo. Ayudar. Déjame viajar contigo ahora que sé que la gente puede cambiar. Ahora que lo he visto con mis propios ojos.
El guardián volvió a girarse en silencio continuando su camino. Nunca pensó que fuera más testarudo que el propio condestable.
-Ven si así lo deseas. Pero no me temblará el pulso si tengo que usar la espada contra ti.
Sin añadir nada la ladrona cogió su caballo y marcho tras el caballo sin jinete que arrastraba desde el suyo el guardián, seguida por el del guardia cojo.

Volvían a ponerse rumbo a su destino juntos, aunque tan en silencio como siempre, incluso más en silencio que nunca. Ya ni siquiera comentaban nada sobre lo que comían o sobre la climatología. Algo en esa cueva había sucedido que nadie comprendía y nadie parecía querer comentar. Terminó el día y comenzó uno nuevo, su tercer día de viaje desde que se pusieron en marcha antes de llegar a la guarida de la ladrona. El guardián había calculado que en el sexto día de viaje (teniendo en cuenta los dos que les llevó la desviación hacia la guarida) llegarían al monasterio fronterizo sí no surgían percances en el transcurso, por eso había dejado un margen de dos días para reunirse con el condestable. Se habían desviado simplemente hacia el este, así que al poner rumbo al norte no tuvieron que perder más días de viaje. El tercer día fue idéntico al final del segundo y al primero: bosques, silencio, cansancio, escasas paradas...El ritmo al que se movían durante tantos días seguidos acabaría con cualquiera. Durante ese tercer día el príncipe viajaba solo en su caballo. Se encontraba mejor y no había vuelto a tener ataques. El condestable dijo que al final del día, en la última parada, comenzaría a enseñarle a usar la espada. Y así hizo.

Comenzaron a entrenar con palos que encontraron por el camino y que el guardián arregló para poder practicar. El príncipe parecía estar despertando de un sueño muy largo, pero dos horas después se manejaba con cierta decencia para ser quien era. Aunque no podía hacer absolutamente nada contra el guardián, claro, que le hacía parecer más patético de lo que era. Mientras los observaba pensaba. ¿Por qué un hombre daba tanto por un reino? ¿Cómo era posible olvidar su identidad para representar la de toda una nación? Parecía que era la única forma de vivir que conocía. Como si no tuviera otra vida, como si no sirviera para nada más que para luchar en nombre de algo. Aunque ¡que tontería! todos luchamos en nombre de algo, el problema es que él lo hacía más fervientemente que cualquier persona que hubiese conocido. Tal vez no fuese solo por llenar su vida vacía, tal vez hubiese algo de verdad en su vínculo con el rey. Siempre fueron inseparables, incluso llegó a pensar que... Podría ser una razón por lo que no disfrutó esa noche. Cumplió con su palabra igual que ella cumplió con la suya, pero no disfrutó tanto como lo hizo ella.
Le gustaría hablar de todo eso con él, pero ya lo había intentado. Tal vez la única solución fuese él, o tal vez empeorase las cosas. No obstante tendría que arriesgarse. No sabía cómo reaccionaría, por eso lo mejor sería actuar antes de que llegase el momento; si encontraba la forma de hacerlo, claro. Ella misma se sentía estúpida por sentir lo que sentía. Había vivido subyugada a los hombres y cuando buscaba algo de libertad no hizo más que colocarse bajo sus botas ella misma, sin que nadie la obligara a hacerlo. Pero ¿qué podía hacer? Al fin y al cabo no era solo a ella a la que le pasaba: el guardián, ese soldado...o incluso él. Todos presos de un corazón que no les pertenece y por el que no merece la pena mantenerse encerrados. ¿Era eso malo? Sentirse atraído incontrolablemente por otra persona que viaja en otra dirección. ¿Es conveniente ponerse en su camino continuamente para recibir empujones? Qué complicado... Nadie se libra, absolutamente nadie. Hombres, mujeres, niños, ancianos...todos podemos vernos atrapados por ese sentimiento que tanto esquivamos en ocasiones y que no sabemos cómo gestionar. Tal vez la naturaleza programó al ser humano así para asegurar la procreación, tal vez ese sentimiento sea una trampa que nadie puede evitar. Pero ninguna trampa es tan dolorosa y placentera a la vez.
A veces pensaba en la princesa del reino impenetrable, en aquella mujer que nadie ha visto y que no puede salir de su torre. ¿Habrá conocido el amor? Dicen que solo se permite que entren a sus aposentos los guardias reales y que tienen prohibido cualquier relación con ella. ¿Habrá podido la princesa resistirse? ¿Cambiaría la forma de percibir ese sentimiento para ella?
Le hacía gracia encontrarse lamentándose de una muchacha que ni conocía cuando ella no era tan diferente. Solo había conocido una vez el amor y no había salido bien. Había mantenido relaciones sexuales con más hombres, por supuesto, pero solo una vez lo hizo con ese amor. Estúpida. Tenía una vida, una profesión, unos hermanos; tenía libertad y aún así tuvo que inmiscuirse en esa misión arriesgándolo todo por él. Algo que él ni de lejos haría. A veces no se perdonaba por algo como eso, pero otras veces no podía evitar ceder tan fácilmente a la presión en el pecho. Es como si ese guardián hubiese envenenado su maldito corazón. Cuánto deseaba arrancárselo para dejar de sentir. También quería pensar que se conformaría con su amistad, que se conformaría con que todo volviese a ser como antes, que sintiese la felicidad que hacía años no sentía, que el ciempiés volviese a caminar. Un ciempiés humano compuesto por cuatro partes bien diferenciadas. Si la única forma de que el ciempiés se mantuviese en movimiento era la de estar juntos siguiendo cada uno a la parte que le correspondía ¿por qué no luchar por eso? Ya ni siquiera pedía ser correspondida. Y eran esos pensamientos los que la hacían sentirse como una cría. Había intentado robar esa llave para acceder al cofre y asegurarse un camino más sencillo en la hermandad, pero sabía que también lo hacía porque esa llave podría abrir más cosas.
Lucharía por ello, pero no era tan estúpida. Si las cosas salían mal tendría que tomar una dura decisión y mirar por ella misma. Era una mujer enamorada, pero antes era una ladrona con cierto prestigio. ¿Y sí el ciempiés tenía que mantenerse cercenado y cada una de las dos partes corresponder a la anterior? Tal vez no fuese tan terrible. Pero el corazón...


El guardián había dicho que el amor podía ser egoísta. Y lo era, sin duda. Pero no se puede reducir todo a esa afirmación tan a la ligera. El amor es egoísta porque con él se busca la auto-satisfacción, pero va más allá. Nuestra auto-satisfacción se liga a la satisfacción que siente la otra persona creando un sentimiento de pertenencia y unión que puede poner en peligro nuestra individualidad. También el guardián estaba siendo egoísta cuando actuaba en nombre del reino, solo para satisfacer su necesidad de sentirse útil. Pero el hecho de que dé su vida por el reino hace que su egoísmo beneficie al resto y que la desdicha del resto le consuma a él mismo. ¿Qué mas da que sea el egoísmo lo que nos una si por lo menos hay algo que nos une? Tal vez el amor no signifique nada, tal vez la vida no signifique nada. A veces lo pensaba, cuando más caminaba por el mundo más lo comprendía. Cuando arrebató esas vidas con aquella facilidad...no somos nada y nos creemos que somos todo en este mundo. Pero al mismo tiempo había comprendido que el pequeño aleteo de una mariposa es capaz de provocar un terremoto más allá de la montaña olvidada a la que nadie puede adentrarse sin perderse para siempre. Si su padre no le hubiese dado esas palizas nunca hubiese llegado a ese punto de su vida, jamás hubiese conseguido sentir lo que sintió. Y tal vez, eso que siente ahora la lleve por un camino que provoque muchos cambios. No sabemos lo que una pequeña acción puede suponer para el mundo ni lo que un sentimiento como el amor puede lograr cambiar. En la hermandad de ladrones todo funcionaba con un sencillo sentimiento de unión. Todos eran ladrones unidos, por lo que todos eran un único ladrón que movían cada extremidad con certeza para conseguir lo que deseaban. Así funciona el mundo. Todos somos seres humanos, por lo que hasta la peor acción puede suponer algo positivo en el mundo a la larga. Formamos parte de un todo que no comprendemos, tal vez que ni siquiera tenga sentido, pero al que nosotros podemos otorgar uno. Por eso tal vez matar con tal de alcanzar un fin no le parecía tan horrible, en ese aspecto seguía pensado lo mismo.
Le hubiese gustado no dormirse antes de que terminaran el entrenamiento, pero no pudo evitarlo. Se dejó llevar por sus pensamientos y la visión del guardián. Después observó de reojo al soldado cojo. No la molestaba que la mirase, pero la hacía sentir como podría sentirse el guardián con ella. Se sentía mal por él, pero tal vez ese sentimiento que seguro le torturaba le condujese a alguna parte. Tal vez ya lo había hecho, al fin y al cabo se encontraba lejos de la guerra civil y de una posible muerte gracias a ella.
Pensó otra vez, por alguna razón que desconocía, en aquella princesa. ¿Les daría la vida lo que ambas necesitaban? Se durmió ansiosa de encontrar una respuesta algún día.


Cuarto día. Empezaba a estar cansada del silencio, pero tampoco hacía nada para evitarlo. A medio día, mientras comían sobre el caballo, decidió dirigirle la palabra al soldado cojo para intentar que el guardián se animase a participar.
-¿Sabes? Sin ánimo de ofenderte, cuando te vi nunca pensé que fueras tan bueno en combate, ni siquiera un hombre medianamente interesante. Tan delgado, con esa postura, ese corte de pelo, esa cara...de verdad, no te ofendas, pero creía que eras un pelele más que habían puesto a cargo del condestable. Incluso un poco idiota. Pero me has sorprendido. Manejas la palabra mejor que muchos diplomáticos y la espada mejor que muchos guerreros...
-G-gracias...es un honor recibir tales palabras de alguien como vos, bella, inteligente y grácil.-La ladrona sonrió confortablemente al escuchar tales palabras, torpes, por otra parte.
-Siento lo de...tu pierna. Recuerdo que cuando desperté tras la caída al primero que vi fue a ti intentando reanimarme. Gracias.
-No debéis disculparos, no fue vuestra culpa que el caballo cayese debido al cansancio, yo apreté demasiado para atrapar a aquel mensajero. Me lo busqué solo.
-Es una lástima que no puedas seguir combatiendo, me gustaría verte mejor.
-Tengo otra pierna, y dos brazos. Creedme, me las apañaré.
-Confió en ver...en veros de nuevo en acción.
-Lo haréis.-El soldado también sonrió.
Muy probablemente nunca le había visto sonreír, ni siquiera cuando se hacían bromas. A veces parecía que ni siquiera las pillaba, pero ahora le veía con otros ojos y comprendía ciertas cosas.
-¿Qué te llevó a convertirte en soldado?-Siguieron la conversación más adelante.
-No os sabría responder. No os diré que por honor o por el rey, pues os mentiría. Siempre he sido muy delgado y ágil, y me ha costado poco subir por los árboles, tejados...por eso me fascina cómo vos lo hacéis.
-Cuando huía de vosotros no parecíais muy por la labor de subir.
-Con los años me he vuelto más torpón. Los cincuenta comienzan a pesar, supongo. El caso es que los guardias de la ciudad me llamaron la atención más de una vez, e incluso una vez multaron a mi padre por mi culpa. No sé, supongo que vi poder en esos hombres. Además, mi hermano se reía porque decía que era un flojo y no valdría para mucho cuando creciera. No tenía necesidades económicas, podía estar viviendo en una casa en el centro de la capital junto a una esposa que cuidar y que me cuidara. O en una buena zona de las afueras, en una parte del bosque tranquila. Pero quería probar a tener ese poder, demostrar que sin fuerza también podía ser útil, supongo. Y aquí estoy.
-¿Con cuantos años entraste? Porque ahora eres muy diestro manejando la espada.
-Diecisiete. Hasta los treinta no empecé a destacar. Me cuesta pulirme haciendo cualquier cosa, pero si le dedico mucho tiempo supongo que puedo ser como el mejor. Aunque hay muchos soldados mejores que yo, claro.
-¿Qué opinas de todo esto?-Quiso saber la ladrona.
-¿De qué?
-De esta misión, de esta guerra civil, del envenenamiento del rey.
-No lo sé, la verdad. Creo que deberían haber investigado con más profundidad para encontrar al posible urdidor, de dónde sacó el veneno...y dejar todo mejor atado antes de partir en busca de algo que no sabemos si servirá. Aunque el rey parecía muy seguro. Tampoco pienso que lo mejor fuese enviar al condestable con nosotros. Creo que el guardián está capacitado para hacer un trabajo como este él solo. No me malinterpretes, el condestable no es tan mal tipo como parece, aunque de vez en cuando me golpee, pero no es discreto. Y si esta guerra civil ha comenzado es por su metedura de pata en aquel pueblo.
-Cierto...¿crees que el tío del rey hizo esto a propósito?
-No. Nunca pensaría en él como el envenenador. No me cae bien, si me tengo que sincerar. Pero sé que no es capaz de esto, está muy apegado a la familia. Tampoco pienso que fueran el condestable o el guardián, ambos se deben a su rey por una cosa o por otra. Solo se me ocurre una persona, pero no creo que en este momento...
-¿Yo?-A la ladrona no le extrañaba que tuviese esa duda. Había elementos que apuntaban a ella, pero era del todo imposible si el cofre no estaba en el palacio y ella no tenía la llave.
-¡No! Claro que no. Hablaba de...
-De él.-Acababa de caer en la cuenta, y tenía sentido.
-Tenía algo que no me daba buena espina, aunque parecía tomarse su trabajo muy en serio. Tal vez como venganza...
-Pero igualmente la llave estaba en el palacio. ¿Cómo es posible que le envenenara?
-¿Qué tiene que ver esa llave?
Había olvidado que ese soldado no conocía la historia. Eran secretos de palacio que pocos manejaban.
-Es igual, es todo demasiado complicado.


El cuarto día había llegado a su fin. De nuevo príncipe y guardián entrenaban. El príncipe estaba mejor que nunca y empezaba a manejar la espada como un joven digno de su edad que se había entrenado para ello. Era extraño, nunca se lo hubiese imaginado.
-¿Qué piensas del príncipe? Las cosas que dice, las cosas que hace...lo que pasó en la guarida.
-No lo sé. En el palacio nunca dio tantos problemas. Creo que simplemente se traumatizó al ver lo que vio aquel día.
-¿Qué día?
-El día que iba a ser nombrado heredero legal. Ahora el príncipe sería rey en funciones por derecho propio, con su tío-abuelo como consejero. Igualmente hubiese corrido peligro en la ciudad y nos lo hubiéramos tenido que llevar, pero tal vez sería todo más sencillo frente a la revolución. No se puede presentar ningún documento legal que asegure la estabilidad del reino.
-¿Qué pasó en la ceremonia?-Quiso saber la ladrona.
-Nadie lo sabe con certeza. El rey atacó a su propio hijo, se cree que fue a causa del veneno. Yo estaba en el patio aquel día, no te puedes imaginar lo espantoso que resultó...ver como atacaba a su hijo con la espada, ver cómo temblaba el rey, ver como lloraba el muchacho. Desde ese día todo cambió para él. Como si de alguna forma el veneno hubiese afectado a ambos.
-Pobre chiquillo...
-Recemos para que el plan del rey salga bien y el remedio para el veneno funcione.
-Sí...me gustaría verle una vez más y no que muriera de una forma tan horrible.
-¿Conociste al rey?
-Es mejor que nos durmamos.
La ladrona echó una ultima mirada al guardián antes de cerrar los ojos. El soldado no se quejó por esa brusca respuesta.


Al día siguiente el príncipe parecía cansado, incluso estuvo a punto de caerse del caballo una vez. El guardián le estaba exigiendo demasiado. Ese día pararon en un pequeño pueblo para comprar algunos víveres y asegurarse de que iban bien encaminados hacia el monasterio. Iban bien según les confirmó un anciano. Los caballos descansaron y ellos hicieron una parada en una taberna. Cuando estaban todos juntos seguían sin hablar. Se limitaban a comer, beber y mirar a su alrededor. El guardián se ausento durante varios minutos. Cuando volvió reanudaron su viaje. Se lo tomaban con más calma porque cada vez estaban más cerca. Cumplirían los plazos de sobra si el viaje de vuelta a la capital iba tan bien como el de ida al monasterio.
El quinto día estaba finalizando, la noche les recibía y cada vez estaban más cerca del monasterio fronterizo. A lo lejos ya podía empezar a vislumbrarse la montaña olvidada, siempre tan lejana. Iban a un ritmo más pausado para darles un respiro a los caballos. Suerte habían tenido de que ninguno cayera. Se agradecía que ni tan al norte hiciera demasiado frío, aunque de noche la brisa empezaba a ser más molesta. Observaba cómo las hojas se movían como si les saludasen. Entonces observó más allá de la brisa. Más allá de la quietud de la noche. Las hojas se movían con más violencia. Lo veía, lo oía.
-¡Parapetaos tras los caballos!-Gritó en cuanto comprendió.
El guardián lo hizo con mucha destreza, deslizándose hacia su izquierda, dejándose caer tocando con su pierna izquierda el suelo y dejando la pierna derecha sobre el lomo. El príncipe no reaccionó, mientras que el soldado intentó imitar al guardián sin mucho éxito debido a su pierna aplastada, por lo que cayó al suelo aparatosamente.
La ladrona, que pudo ver una flecha sobrevolándola por encima, fue la que más agilidad demostró. El objetivo era ella. Desde la posición en la que estaba no la costó tirarse del caballo apoyando las dos manos en el suelo, para dar después una voltereta bajándose por completo del animal y escondiéndose tras el árbol más cercano. Otra flecha, justo en la corteza.
Era Rojiza, estaba segura. Les había seguido. Su caballo se había desbocado, no tardó en caer herido por una flecha de su atacante. Quería dejarla sin escapatoria posible.
-¡Tras los árboles!-Gritó el guardián tirándose del caballo también y situándose tras otro árbol. Otra flecha, esta vez contra el caballo del príncipe para dejarle bajo el caballo. Por suerte el príncipe ya estaba intentado bajar y no le aplastó ninguna de las dos piernas, aunque la caída fue aparatosa. El guardián se mantuvo escondido mientras el soldado se dirigió hacia donde estaba el joven señor al que ayudó a levantarse. Estaban muy expuestos.
-Sal de tu escondite o mato a esos dos ¡zorra!
La veía capaz. En ese momento sí. En otra ocasión no le hubiese importado, pero ese muchacho molesto y aquel soldado con aspecto de enclenque eran mucho más de lo siempre pensó. Salió.
-¡Traidora! ¿Algo que decir antes de recibir lo que siempre has merecido?
-¡Rojiza detente!
Ninguno de ellos había gritado. Había sido su hermano, él también había ido tras ellos. Gracias a eso el ataque fue interrumpido. Dirigió los ojos hacia donde oyó la voz, en la copa de los árboles.
-¡No te acerques! ¡Esto es cosa nuestra!
-¡No! Ha de ser juzgada.
El soldado escondió al príncipe tras un arbusto y, cojeando, se colocó delante de la ladrona.
-¡No permitiré que la mates!
Hay estaba ese hombre, cojeando entre los árboles para clocarse delante de ella, arriesgando su propia integridad por ella. Heroico a la par que estúpido. Pero él no era como los demás hombres que se querían hacer los héroes o que querían la gloria. Tampoco como los que buscaban el favor de una mujer con bravuconadas, no. Ese hombre era diferente, sabía que lo que hacía lo hacía de corazón. Se sentía atraído por ella de una forma que ella podía llegar a comprender, aunque solo en cierto modo. No sabía qué era lo que realmente había visto en ella.
-¡En todo caso me permitirás que te mate antes de que la mate a ella!
-Tu compañero no permitirá una sola muerte. Si me matas actuará.
-No se atreverá...
-¡Rojiza! Hemos venido a traerla de vuelta, no a matarla.
-¡Júzgame si quieres!-Intervino la ladrona-.¡Ya sabemos quién es mejor ladrona, ahora juzguemos quien es mejor combatiendo! Báñate en mi sangre y haz honor a tu nombre. Somos mujeres que cuando hemos tenido que matar lo hemos hecho desde la sombra. Hagamos, pues, que nuestras sombras choquen. Veamos que es lo que sucede. ¡Luchemos en igualdad de condiciones!
Rojiza bajó de un salto y tiró el arco al suelo. Desenvainó una espada curva y se acercó a la ladrona y el soldado.
-Aparta, cojo de mierda. Tú. Desenvaina, zorra.
-¡Rojiza! Su hermano también descendió. Si la matas tú te harás responsable de ella.
-Gustosamente.
-En caso de que seas tú la que venzas-señaló a la ladrona-.serás arrestada igualmente por mí.
-No.-El soldado se adelantó. Cojeando no infundía demasiado temor-.No lo permitiré.
-No me obligues a combatir, no he venido aquí a eso.
-Tampoco has venido a llevártela.
-Lucha contra él si es lo que quiere. Mátale, y después a esos dos que siguen escondidos. Puede que ya tengan información sobre la guarida que ella les haya proporcionado. Es mejor que estén todos muertos, hermano.
Su hermano no respondió. Desenvainó su espada y miró al soldado. No era muy bueno en el manejo de la espada, al fin y al cabo en lo único en lo que destacaba era en las artes del apropiamiento ajeno, algo que le diferenciaba de Rojiza. Pero con su contrincante cojo tal vez tuviese alguna posibilidad.

En un lado del bosque Rojiza y ella, en el otro su caballero andante y el hermano de su contrincante. Y en el medio, escondidos, guardián y príncipe, los ejes del reino. Estaba claro que ese combate no afectaría de ninguna forma al destino del reino, era una piedra en el camino. Su sacrificio era nimio. Si fuese parte de una de esas historias que gustan contar alrededor de una hoguera ese combate no sería más que un fragmento que el narrador saltaría, ofreciendo rápidamente el resultado del combate para que el verdadero protagonista, el guardián, siguiese con su historia. Pero para ella, y sobre todo para Rojiza, ese combate significaba todo. Las espadas chocaron y sus miradas se cruzaron. Vio en ella ese instinto asesino que la había seguido toda su vida y que volvía con fuerza al verla. Siempre la había odiado.
Mientras intercambiaban golpes con sus armas recordaba todas las historias sobre Rojiza. Pensó en que ella se había conformado con huir de su padre, mientras que Rojiza le había matado como respuesta a sus abusos. No solo la golpeaba, según cuentan abusaba sexualmente de ella. No esperó a que le viniera la primera sangre para hacerlo. Se dice que su padre era carnicero y que tras matarlo se pasó horas descuartizando su cuerpo. Era una cría de catorce años cuando lo hizo. Primero le clavó un cuchillo en la espalda, y cuando cayó al suelo de rodillas se lo clavó en la nuca. No paró de asestar golpes hasta que le cortó la cabeza, los brazos, las piernas y, por supuesto, su miembro. Su padre se convirtió en varios trozos de carne ensangrentados que algunos aldeanos llegaron a probar, pues su hija fingió sustituir a su padre por asuntos personales y vendió su carne en su propia carnicería. Eso dice la historia, exagerada como todas las historias. Pero en Rojiza veía esa brutalidad posible. Abandonó el pueblo todavía bañada en sangre, llevándose algunos de los cuchillos de su padre. Acechaba a viajeros a los que cogía desprevenidos, matándoles para quedarse con sus víveres. Y siempre, siempre, les amputaba el miembro.

Solo mataba hombres, hasta que un día una mujer la atacó intentando defender a su marido. La historia cuenta que la destrozó la rodilla con una de sus armas en cuanto tuvo ocasión, y después hizo lo propio con su cara. Se dio cuenta de que estaba sola contra el mundo.
Ella había escuchado historias sobre Rojiza, a la que se la conoce comúnmente como la carnicera del camino. Escuchó cómo llegó a comerse la carne de sus víctimas para subsistir. Historias exageradas que siempre quiso pensar eran falsas.
Pero ahí la tenía, con esa mirada, ese pelo bañado en rojo como si de sangre de cada una de sus víctimas se tratara. Lo que si sabía era que Rojiza no tenía el pelo de ese color, era morena, pero usó un tinte para ocultarse y así parecer más amenazadora. Rojiza es el nombre que se le dio en la hermandad... todos la recuerdan como la carnicera del camino.
Un día, un viajero la puso contra las cuerdas. Había sido demasiado osada al atacar a un grupo de cuatro hombres. Dos murieron, uno resultó gravemente herido y el otro la atrapó. Un ladrón que acechaba a ese grupo para hacerse con parte de sus mercancías intervino y la salvó. Fue la única vez que vio a otra persona como alguien en quien apoyarse y no al que destrozar sin piedad. Ella siempre había sido tratada como un trozo de carne por su padre, por ello para ella todas las personas eran un trozo de carne necesario para subsistir. Ese día encontró otra forma de subsistir sin matar. Ese hombre no la juzgó ni la entregó, ese hombre la dio a conocer la piedad, ese hombre la hizo comprender el dolor que podía llegar a causar, ese hombre le enseñó que en el mundo se puede sobrevivir sin matar y que se puede perdonar. Ese hombre la salvó. La carnicera del camino se convirtió en Rojiza. Una estela de fluidos rojos la precedía, no podía negar quién había sido, pero sí podía convertirse en una persona nueva. Cuando se fundó la hermandad ella fue aceptada y entrenada gracias a ese hombre que la había salvado, ese que se convertiría en su hermano más que nadie en la hermandad.

Volvió a asaltar e incluso a atemorizar a los viajeros, pero sin tocarles. Nunca dejaba ver su cara, pero sí su pelo. Permitían que los viajeros fueran testigos del rojo envolviéndoles para que apreciasen sus vidas y valorasen lo que los ladrones hacían. Podía robar sus vidas para evitar testigos, y con ellos problemas. Pero les ofrecía un regalo de valor incalculable. En comparación, las pertenencias que les eran robadas no significaban nada. Pero no debían olvidar el rojo. Nunca.
Se daba cuenta de que ella había sufrido el cambio contrario. Jamás se había llevado ninguna vida por delante, siempre había actuado como una ladrona hasta que comenzó ese viaje. Robó la vida para asegurarse la suya propia, pues cierto era que todos merecían morir tanto como vivir.

Ahí estaban ambas, asesinas en algún momento en el tiempo, dos ladronas que robaban vidas y que habían sufrido el mismo destino, dos rivales fundidas en un último encuentro que acabaría de una sola forma. Con un robo, con rojo, con dolor.
Las espadas se cruzaban con destreza, pero notándose su falta de control en los combates directos. Tendían a esquivar, a apartarse, a atacar con sus extremidades. Se apoyaban en el entorno para impulsarse y dar saltos que alcanzasen a su rival en los puntos más desprotegidos. El hombro de la ladrona se llevó un tajo, muy cerca del cuello, que no supo bloquear. Rojiza se lo llevó en un antebrazo al agarrar de forma incorrecta el arma cuando quiso ejecutar otro bloqueo. Aun así no se detenían. Ambas estaban ya acostumbradas al rojo, a las heridas infectadas de las que hablaba el condestable. Esas heridas las había llevado a ese preciso momento en el que luchaban para que solo una quedara con vida.


Al otro lado, el soldado cojo daba toda una lección de cómo moverse sobre si mismo esquivando y ejecutando ataques sin demasiada dificultad. Pocas veces se podía la ladrona permitir observarle, pero cuando lo hacía veía cómo el soldado hacía parecer que ese combate era una extraña danza. ¿Qué no podría hacer con las dos piernas? El hermano de Rojiza estaba pasando serias dificultades, teniendo que alejarse de su rival en varias ocasiones para pensar por dónde colar su espada.
Mientras, ellas seguían moviéndose sin parar, agitando sus espadas, su pelo, su sangre salpicando al césped oculto en un manto de oscuridad. La luna le daba al pelo de Rojiza un brillo especial. Un rojo diferente adornaba su cabeza, un rojo más tenue que delataba a Rojiza. Ya no era la asesina que fue. La carnicera del camino había desaparecido. Ante ella tenía a Rojiza intentando sacar de lo más profundo de su corazón a esa carnicera. Pero en su corazón no pudo encontrar el odio que necesitaba descargar para vencer en aquel combate. Su corazón seguía envenenado por los golpes de su padre, su cuerpo manchado de la sangre de sus víctimas, pero ahora no eran más que retazos de ese veneno, marcas de sus víctimas que no eran visibles a simple vista. Su hermano había borrado ese rastro, había inclinado la balanza hacia un lado. mientras el guardián había mantenido tan dañino como siempre el veneno que afectaba a su corazón.
Junto al condestable la había salpicado de sangre hacía no mucho, inclinando a su vez la balanza hacia otro lado. Lo correcto había sido lo que había hecho ese hombre que ayudó a la carnicera del camino, lo justo. Pero si algo había aprendido del guardián es que la justicia es la mayor falacia sobre el mundo por la que se realizan auténticas barbaridades, la que mantiene el mundo en desequilibrio. La justicia no era honrada como aquel hombre que había convertido a una asesina en ladrona, era más bien como aquel guardián que había convertido en asesina a la ladrona. La mariposa aleteó el día que tanto su padre como el de Rojiza las pegaron, y aleteó de nuevo cuando hizo que dos personas muy diferentes se cruzaran en su camino, decidiendo quién sobreviviría en ese encuentro, quién seguiría su camino y quién aseguraría la estabilidad del reino.
Quién merecía vivir y quién morir no importaba. El soldado que amaba a una mujer enamorada de un hombre injusto e hipócrita se enfrentaba al hombre honrado que había llevado por el buen camino a una asesina, pero ¿qué importaba el hombre honrado? Para muchos era un vulgar ladrón que merecía morir. Y así debía ser. Esa muerte no solo serviría para contentar a un pueblo en busca de justicia, servía también para recordar lo cruenta que era la justicia, servía para desequilibrar la balanza. Suponía un nuevo aleteo de una mariposa que tarde o temprano podría suponer la salvación o la destrucción de su reino.

El soldado cojo se movió sobre si mismo una vez más girando sin dificultad, pero en esta ocasión no se conformó con esquivar el ataque del rival, sino que completó el movimiento agarrando el antebrazo con el que sujetaba  la espada, atrayéndole hacia él y ensartándole la suya en el pecho. Las dos ladronas se detuvieron al instante mirando una a su izquierda y la otra hacia su derecha. El hombre cojo, sin mover una ceja, extrajo la espada del pecho de su rival y le dejó caer al suelo sin vida.
-No...¿qué has hecho?
Rojiza se giró acercándose lentamente hacia su hermano caído, como si temiese encontrarse de bruces con la realidad.
-Cojo de mierda ¿cómo te has atrevido? Qu...¿qué has hecho?
El cuerpo de Rojiza temblaba, la sangre que brotaba del cuerpo de su hermano parecía hacerla recordar. La carnicera del camino parecía dispuesta a resucitar. La ladrona no podía permitir que esa mujer despiadada retornase. No fue justa, no fue honorable, no demostró ser más hábil, demostró aprovechar mejor la circunstancia que le había ofrecido ese aleteo. Cambió los roles y, por un momento, ella se convirtió en Rojiza, en aquella carnicera. Atravesó con su espada la espalda de su contrincante, tal como hizo ella con su padre años atrás. La extrajo enseguida contemplando cómo Rojiza se tambaleaba.
-T-traidora. Eres peor...que...yo.
La cabeza de la que un día fue una despiadada asesina intentó girar en dirección a su rival. La ladrona temió que ese dolor la hiciese recordar, que de la sangre brotara la asesina que llevaba dentro, que en un último aliento se la llevase a ella por delante. Todo concluyó como su contrincante lo había empezado, siendo lo siguiente  que golpease la espada lo mismo que había golpeado el cuchillo de Rojiza hacía tantos años. Perforó la nuca de su adversaria bañando su pelo en el rojo más auténtico. De nuevo sacó la espada. A pesar del contundente ataque Rojiza pudo girarse por completo, pudo mostrar su lado más espeluznante. Con la sangre deslizándose desde la nuca, los ojos inyectados en sangre, la mirada dirigida directamente a la que se suponía debía haber sido su hermana, a la que compartía una unión más fuerte de lo que deseaba con ella. Tosió, escupió una ingente cantidad de sangre por la boca, y Rojiza cayó más rojiza que nunca.
Había caído la carnicera del camino, asesina de viajeros, bajo la espada de una viajera, de la misma forma que había caído su padre; bajo la espada de una de sus hermanas, de la hermana con la que más vínculos mantenía. Había caído bajo la espada de su reflejo, había caído en uno de esos caminos que tanto acechaba, junto al hombre que la ayudó a volver a pisar el camino sin esconderse de él. Allí yacían ambos, víctimas de su destino, víctimas de un robo, víctimas de un simple aleteo.
Si esto fuese una de esas historias que se cuentan alrededor de la hoguera podría decirse que los buenos habían ganado. Pero eso era el mundo real, la historia de un reino que estaba en su peor momento, y de este capítulo solo se podía decir que los más fuertes habían ganado. Que la mariposa había decidido sin pensar en la justicia, muy posiblemente sin criterio alguno.

Escondieron los cuerpos, pero no se molestaron en enterrarlos. El guardián no dijo nada, no reprochó ni aprobó nada. Simplemente cogió al príncipe y lo subió a su caballo, dejando que la ladrona viajase junto al soldado cojo, pues Rojiza había herido de muerte a las dos monturas. El soldado tampoco dijo nada, simplemente se subió a su montura haciendo un amago de ayudarla a subirse con él.
-¿No vamos a descansar?
-No aquí.
La herida del hombro cada vez le escocía más. Necesitaba tratarla antes de que fuese a peor. Pasaron media hora a caballo hasta que se detuvieron. Era completamente de noche, una noche cualquiera, la última noche de su viaje de ida. La ladrona ya no pensaba en nada. Prefería no pensar. Tal vez porque no podía hacerlo con claridad. Se desmayó. Por suerte lo hizo al bajar del caballo.

Un hombre suplicaba por su vida. Junto a él se encontraba el cadáver de su padre. Era el padre de ese muchacho, lo sabía, aunque ninguno de los dos tenían rostro. Sobre el cadáver se apoyaba una mariposa manchando de sangre sus alas. Con cada aleteo se formaban figuras frente a ella, figuras de un hombre violando a varias mujeres, figuras que generaban otras figuras de otros hombres que se borraban con nuevos aleteos. Ella tenía una espada, el hombre seguía suplicando, la mariposa aleteando. No había vuelta atrás. Lo primero era el reino. La justicia, la sabiduría. Anticiparse. ¡Ja! La justicia no, el miedo a la justicia, el miedo a su padre. Miró al hombre que observaba la escena, sonriente, seguro de lo que se hacía. No era su padre, pero lo reconocía como tal. Tampoco tenía rostro. El hombre suplicaba, la mariposa aleteaba. Con cada aleteo ella movía un músculo, movió todos los necesarios hasta que su espada pudo atravesar a ese hombre. La mariposa echó a volar esparciendo la sangre de sus alas por la zona hasta impactar contra su propia cara. Vio las figuras que formaban los colores de sus alas, no supo interpretarlas. Y cuando la mariposa se apartó de su campo de visión la escena había cambiado. Ahora era Rojiza la que suplicaba y era su hermano el que yacía muerto junto a ella. La mariposa se volvía a posar en el cadáver de aquel hombre. Justicia, defensa, obsesión, egoísmo, posposición. El insecto comenzó a agitar sus alas cada vez con más violencia. El suelo empezó a temblar, miles de mariposas comenzaron a salir de todos lados agitando las alas con más violencia que la primera. El suelo se desvanecía, los cadáveres eran engullidos por la nada. Ella corría escuchando solo el estruendo, intentando evitar ver cómo su mundo era engullido. Pero nunca se es suficientemente rápido. La misma mariposa de las dos visiones se colocó frente a ella, el suelo comenzó a desaparecer por delante también. El vació la engulló y en su última visión pudo ver un rostro dibujado en las alas de la mariposa. Un rostro de muchos colores que cubría las dos alas, un rostro manchado de sangre por un lado, en una sola ala. Parecía sonreír al tiempo que la sangre cubría más colores al deslizarse. Sí...Sonreía.


Tenía al guardián frente a ella. Le veía borroso, con los brazos dirigiéndose hacia ella. Sentía la brisa en su torso, sentía las manos. Sentía su frío en los pechos y su calor en la herida. Le escocía bastante el hombro izquierdo. Miró hacía abajo. La herida le llegaba casi hasta el pecho izquierdo. Le hubiese gustado que también le tocase los pechos, necesitaba el calor de sus manos en ese otro sitio. Pero solo sentía el frío que traía la brisa, casi convertida en viento. No sabía qué la estaba haciendo, cómo lo estaba haciendo. No la importó.
Buscó con la mirada al soldado cojo, no le sorprendería que estuviese allí, mirándola, contemplándola. No la hubiese molestado. Pero no estaba allí, sino unos metros más allá, con el príncipe, que de vez en cuando miraba hacia ella. Era normal en un joven de su edad, pero también lo hubiera sido en ese soldado, y aun así...El guardián tampoco parecía interesado en mirar, solo se concentraba en la herida.
-Gracias.
El guardián no respondió.
-Aquel día me dejaste atrás, no te importó si estaba muerta. Pero ahora demuestras que no te resulto tan indiferente como te esfuerzas en aparentar.
-No...simplemente tu herida nos entorpecería más la labor.
-No tengo labor aquí que te incumba, supuestamente.
-Si aquella vez no te socorrí fue porque hacerlo nos retrasaba frente a un bien mayor, si esta vez te dejase es eso precisamente lo que nos retrasaría.
-Podrías dejar de tirar de mí y dejarme morir aquí.
-Él no me lo permitiría.
No era la respuesta que esperaba.
-Tampoco a él le necesitas.
-Y ¿qué hago? ¿Le mato?
-Dejarle aquí conmigo.
-No permitiría que me llevase al príncipe conmigo, entonces.
-Entonces si lo haces es realmente por interés.
-Como todo lo que hacemos en esta vida. Y deja de tratarme como si fuese un hombre despiadado. Mirar por el bien mayor es lo único que podemos hacer.
-Más bien diría actuar por el mal menor.
-Como sea. Seguirás con nosotros. Sé que no volverás a la hermandad de ladrones. No tiene sentido después de lo que ha sucedido, por lo cual tampoco pienso que quieras ese cofre, a no ser que busques la perdición del reino. Que podría ser, si no tuviéramos en cuenta que el rey, en caso de sobrevivir, te perdonará tus delitos y ofrecerá una vida normalizada con sus pros y sus contras. Si lo que eliges es llevar el reino a su perdición no tendrás si quiera posibilidades de vivir y no veo qué beneficio podrías sacar de algo así. Solo confió en que, llegado el momento, sepas guardar discreción.
-A mí me perdona, pero a él le destierran. No veo por qué.
-No se le desterró, se le expulso de la corte.
-Tú mismo lo dijiste discutiendo hace días con el condestable.
-Tal vez se le presionó. Era peligroso, tú en cambio no eras más que...pues eso, una puta y una ladrona. Querías prestigio, no hacer daño. Sabrá perdonarte.
-Cínico incluso conmigo. La mejor forma de mantener una mentira es cree-eeh! ¡Au! Me estás haciendo daño.
-Compórtate y olvídate de ese episodio, olvídate ya de mí. Por favor.
-Siempre has sido tan educado...supongo que es otra de las tantas cosas que me gustan de ti. A pesar de conocer lo que hay en tu interior. Sé quien eres y...también ese “yo” interior que posees me gusta. Eres educado, cumplidor y persistente. Consigues lo que te propones sin manchar tu imagen y actuando siempre por el mal menor. No, perdón, el bien mayor.
Puede que sonase irónica, pero ciertamente todo eso le gustaba de él. Tal vez porque fue testigo de su cambio gradual, de lo que mantuvo desde joven y de lo que apareció cuando era más adulto. Era un humano lleno de defectos, pero también de virtudes. Y, ante todo, era el único hombre capaz de sacar lo mejor y lo peor de ella, pero sin tocarla. Y al final se hacía irresistiblemente apetecible. Buscaba ese contacto que siempre le negaba. Era el guardián que no la protegía y que incluso la ponía a ella como escudo. Un escudo que desechar tras la batalla. Eso es. Era el escudo de su guardián y un escudo siempre debe cumplir su función, pero para ello debe estar siempre sobre el brazo de quien lo porta, del guardián que debe proteger el reino.
-Tú no tienes ni idea de lo que guardo en mi interior...ladrona.
-Muéstramelo. Ya me usaste una vez. Soy tu escudo, y entre el escudo y su portador debe existir una unión, una simbiosis.
Le apartó los brazos cogiéndole las manos húmedas por los fluidos de plantas que estaba utilizando para tratarla la herida. Se aproximó a su cara acariciándole el pecho, esperando que él hiciera lo mismo, y le besó como solo ella sabía hacer: robando. El guardián se apartó.
-No te pido que disfrutes-le susurró-.No te pido que finjas ni que me ames. Solo te pido que sigas siendo quien has sido todo este tiempo. Te aseguro que pronto es posible que necesites nuevamente el escudo. Si crees que no lo necesitas me iré y juro que no volveré. Pero cuando vayas a echar mano de él ya estaré lejos y te lamentarás. Solo por no pasar unas horas arreglando el acero mellado. Sé que un día te atraje. Recuerda esos días, recuerda cómo empezó todo antes de que cambiaras y lo dieses todo por el reino. Recuérdame.
Le besó de nuevo. No se apartó. Fue un beso lento, cálido, suave, melancólico, oculto, nostálgico, culpable, ansiado. Comenzó a convertirse en un beso más impaciente, más agitado, más dañino. Sintió por el fin el calor de sus manos donde debía sentirlo. Empujó al guardián aplástondolo contra el suelo. No paraba de besarle. Por un instante recordó al soldado cojo y al príncipe a escasos metros de allí. No hizo nada para detenerse. El guardián tampoco. Le quitó la parte de arriba aparatosamente, le lamió el hirsuto pechó, se lanzó a su cuello, volvió a descender. Echaba de menos ese miembro. Ninguno le había llenado tanto como aquel. Mientras se lo introducía en la boca alzó un poco la mirada para comprobar cómo el soldado cojo miraba la escena. No lo hacía de forma lasciva, ni oculto, igual que no podía ocultar su dolor. No tardó en reaccionar y en llevarse de allí al príncipe.
Siguió con su tarea sin importarle nada. Volvió a sus labios. Y esta vez ella fue la derribada contra el suelo. Sintió por primera vez su lengua en sus pezones. Aquella vez no lo hizo, aquella vez no se mostró en absoluto interesado por sus pechos. Pasó directamente a lo importante, o lo que se considera más importante. Pero esta vez se detuvo hasta en su vientre. Nunca había sentido tal placer. Jamás. Ni siquiera aquella otra vez. La herida ya ni la notaba. Por ella podía morirse desangrada allí mismo que no la importaba.
Le quitó la parte de abajo y paso la lengua entre sus muslos hasta llegar al pubis. Introdujo su lengua con cierta torpeza. No la importó, disfrutó de lo hasta ahora inalcanzable, de sentir partes de su cuerpo que nunca había sentido en su interior. Y la lengua o los dedos solo fueron el principio. Después volvió a utilizar su lengua para besarla, colocando cuidadosamente su pene para introducirlo como lo hizo aquella noche. Y aunque eso ya lo había sentido, no como en ese momento.
Lo hizo pausadamente, de la misma forma que lo hizo aquella noche. Pero en esa noche tan especial para ella él jamás aumentó el ritmo. En esta ocasión no fue así, se dejó llevar por la pasión. Aceleró el ritmo, sabiendo cuándo detenerse para cambiar de postura. La puso encima y después a horcajadas con la espalda apoyada en el árbol sobre el que había estado sentada mientras la trataba la herida. Sus gritos tuvieron que oírse por todo el bosque como se oyó por toda la guarida el grito del guardián ante aquella luz ¿Qué fue eso? Ni siquiera le había preguntado. ¿Qué importaba? Le tenía en su interior, volvía a ser suyo...aunque ella le pertenecía. Insultante para muchas mujeres, vulgar para otras que estaban acostumbradas a la subyugación del género masculino, placentero para ella. No podía explicar qué le proporcionaba ese hombre, tampoco tenía que justificarse. Ella elegía su propia vida, con todas sus consecuencias. Vivir al margen de la ley, someterse a ese hombre.... Pero esa vez no la estaba penetrando por interés, esa vez había logrado que desease penetrarla, esa vez tuvo lo que deseaba. Por una vez fue ella, con sus palabras, los recuerdos y su cuerpo, quien consiguió someterle a él, aunque fuese por unos minutos. Al fin y al cabo no era más que un hombre.
 Terminó en su vientre, pero con ello no terminó el acto. Ambos se quedaron tumbados sobre la hierba, sumidos en la oscuridad, manchados de la sangre de su herida, cubiertos de su semilla. No hablaron. Se miraron añorando y temiendo el pasado, deseando y evitando el futuro. La ladrona se giró, el guardián pasó su brazo izquierdo por encima de ella, rozándole los pechos. Allí estaba ella, su escudo, y allí estaba él, el guardián que empuñaba ese escudo y que no dudaría en utilizar llegada la ocasión.


El sexto y último día amaneció de la mejor forma posible, con el guardián, ya vestido, despertándola. Se movió, ella todavía desnuda. Al hacerlo sintió de nuevo el dolor en el hombro, pero la herida no sangraba. Al levantarse vomitó sobre el lugar en el que habían fornicado y descansado. Recuperando la estabilidad poco a poco se vistió despacio y con cuidado de no empeorar la herida que el guardián le había tratado. Se tocó la frente sintiendo todavía el huevo del cabezazo de Rojiza días atrás, antes de llegar a la guarida. Se sentía echa una mierda, pero no podía quejarse después de una noche en la que había luchado, matado, amado y follado.
Se pusieron en rumbo enseguida, tras comer algo para reponer fuerzas. Ella comió con desgana, pues apenas la entraba nada. Esperaba acabar pronto con esa misión y tener tiempo para rehacer su vida con él. Aunque a lo mejor era más favorable para ella continuar su viaje con el guardián el máximo tiempo posible.

El bosque que en ese reino parecía eterno llegaba a su fin. Se encontraban ante una llanura inmensa en la que descansaba una cordillera en la lejanía. Al este, más allá de la frontera de ese reino, se encontraba aquel volcán inactivo en el que descansaba una ciudad. Al oeste el mar. Al norte lo desconocido. No, se conocía muy bien lo que esperaba al norte. La muerte...tampoco. El olvido...menos, pues nunca se olvidaba a la gente que allí viajaba para desaparecer sin dejar rastro. Tal vez la nada. Demasiado absurdo para ser real. Lo desconocido es posiblemente el término más preciso, pues aunque se conocía que de allí no se volvía, se desconocía el motivo. Y allí, al pie de esa inmensidad desconocida descansaba un pequeño monasterio en el que se estudiaban los misterios del mundo. Alquimia, química, biología...magia lo llamaban algunos, aunque no hay ni una evidencia de la existencia de la magia, pues todo parece tener una explicación lógica. Por otro lado, muchos aseguran que la magia no se contrapone a la lógica, e incluso compone una lógica que jamás podemos comprender. En la hermandad chocaban mucho ambos puntos de vista. Desde luego, esas runas formaban parte de un conocimiento que no les pertenecía.

A medida que se acercaban al monasterio una calma insoportable les iba inundando. El cielo sobre ellos era gris, y arrastraba una tormenta del este que no tardaría en descargar. El príncipe la miraba de una forma que la incomodaba, como si se hiciese preguntas a la par que intentaba ver de nuevo a través de su ropa, repitiendo las imágenes de anoche. El soldado ni siquiera la miraba. ¿Qué esperaba? ¿Qué le correspondiese? Podía hacerlo solo por complacerlo, pero no era ninguna puta. O eso se decía a ella misma. Nunca había sido la puta que decían que era a pesar de que lo aceptase. Ella era la única capaz de entenderlo. Tal vez también el guardián, por mucho que se resignase. Aunque durante ese sexto día tampoco la dirigió la palabra. Seguro que sentía remordimientos por haberse dejado llevar, por haber intentado recuperar un pedazo del pasado dejando a un lado el reino y la misión, por poner en peligro su estatus...

Después de casi una hora cabalgando llegaron al monasterio fronterizo, un edificio de dos pisos descansando sobre la piedra de la montaña. No abrumaba, pero tenía algo que inquietaba. En medio del bosque hubiese pasado desapercibido, pero allí desprendía un aura inquietante. Aunque lo más inquietante fue encontrar un cadáver apoyado en uno de los dos portones. El otro portón estaba abierto. Todos bajaron de los caballos. Antes de hacer nada, de acercarse al cadáver o asomar la cabeza al interior del monasterio, el guardián agarró por los brazos a la ladrona y la empotró contra el portón cerrado. Hubiese deseado que lo hubiese hecho con la intención de volverla a penetrar, sin importar ya siquiera la presencia de cadáveres.
-¡¿Qué has hecho?!-Gritó furioso-¡Dijiste que tú tan solo te dedicabas a robar, no a matar! ¡Es imposible que no obtuvieses el cofre si les torturaste!
Por un momento la ladrona tuvo miedo. Pero no tenía porque tenerlo si decía la verdad. Tampoco debía tenerlo porque el soldado puso su espada en el cuello del guardián, amenazándole con dureza.
-Suéltala, por tu bien.
-¡Tú fuiste el que decidiste irte de la guarida sin registrarla! ¡Confiaste en mí! O te cagaste en los pantalones tras lo que sucedió allí, no lo tengo claro visto lo visto.
El guardián cerró los ojos presionando fuerte los brazos de la ladrona, como si se estuviese controlando. El soldado deslizaba con cuidado su espada por su cuello para recordarle que estaba ahí.
-Dime que no te lo llevaste. Dime que no hemos venido aquí para nada.
-No me lo lleve porque nunca lo encontré.
-¿Y era necesario matarlos? Esta gente sabe más de lo que nosotros soñaríamos, podría habernos dado respuestas. Respuestas a nuevas preguntas que nos han surgido durante el viaje.
Las runas.
-Yo tampoco los maté. No maté a nadie. Lo juro.
El guardián la soltó al tiempo que el soldado envainaba el arma. El primero se acercó al cadáver y examinó su sangre.
-No es reciente. Pero tampoco más de un mes.
Volvió a mirar a la ladrona.
-Entraré. Vosotros os quedáis aquí fuera. Puede ser peligroso si esto lo ha hecho otra persona.
-Precisamente por eso debemos estar contigo. Yo al menos.
Le dedicó una mirada cómplice. Era su escudo, a pesar de cómo la trataba era su escudo.
-No. Voy a investigar y a buscar supervivientes. A mí se me encomendó esta misión, lo que encuentre aquí es cosa mía y de mi misión como guardián. Sea el cofre o sea a un asesino.
-¡Maldita sea! Ya no soy una simple ladrona. ¡No volveré a ser una ladrona! Soy parte de tu misión.-No pudo evitar alterarse.
-Un escudo a veces no hace más que molestar. Si me encuentro un asesino dentro solo necesitaré mi espada y mis conocimientos. El reino puede necesitar al príncipe. Y, en caso de que fracasase, os necesitará a vosotros. Si no vuelvo ya sabréis que os enfrentaréis a algo en el interior de este edificio. Quiero que luchéis por cumplir la misión que yo no pude. Confío en el escudo del reino y en su espada. Confío en su príncipe.-Añadió mirando al joven muchacho.
Ella no era el escudo del reino, era su escudo. El escudo del guardián del reino, nada más.

Entró cuidadosamente desenvainando su espada, dejándoles atrás a ellos. Un error del que se podría arrepentir. Se pasaron buen rato allí de pie, esperando. Observando los lejanos relámpagos iluminar las grises nubes en constante movimiento que se acercaban. El eco de los truenos que no tardarían en retumbar con fuerza en sus oídos. El príncipe se sentó apoyado en el portón cerrado, sin temer al cadáver. El soldado, con una mano sobre la empuñadura de su arma, paseaba mirando a la extensa llanura, vigilando lo que no necesitaba vigilancia. O eso querían creer. Esperaban oír gritos en cualquier momento provenientes del interior. Pero lo que vigilaban era la llanura, en la que ningún enemigo que se les acercase podía esconderse. Una pérdida de tiempo. Era un escudo inservible tirado en el suelo.
Un trueno se oyó más cerca poco después de que el relámpago se dejase ver. Miró al cielo. Lo vio. Vio la auténtica tormenta, el relámpago en la oscuridad. Era él, de pie, sobre una alta roca que sobresalía de la montaña ¿cuánto llevaba allí? El viento movía su melena mientras su semblante repleto de orgullo y rabia encogía su corazón. Saltó al tejado del monasterio y después al suelo. En un momento le tenía a su lado, con la espada en su garganta y su mirada clavada en ella, una mirada llena de rencor, recuerdos y hasta piedad. Una sonrisa asomó.
El soldado cojo desenvainó sin dudar su arma.
-¡Suéltala!
-¿Otro bufón en tu vida? Espero que a este tampoco te lo folles. Parece tan...patético.
Apartó la espada del cuello de la ladrona y se dirigió a su rival.
-¿Quién eres?
-Nadie importante. Solo un cabo suelto en el que tú no pintas nada.
-Pinto más de lo que te piensas...-No soltaba el arma, dispuesto a hacerle lo mismo que al hermano de Rojiza.
-¿Tú? No me vayas a decir que te has enamorado de ella. No...pobrecillo. Ella solo tiene corazón para un hombre. Tú tienes pinta de humilde, honorable incluso, simplón...no le van esos hombres, ¿sabes? Nuestra ladrona tiene gustos muy extraños. No le gusta que la traten bien, supongo que para ella es como si la despreciaran, como si la desmerecieran. Le gustan las adversidades, no que se lo pongan fácil.
-Has sido tú quien ha matado a esos hombres, ¿verdad?
-¿Tiene importancia eso?
-Claro que la tiene. Responderás ante el rey. Suelta el arma.
-Haz el favor-se acercó más-.No me menciones...¡Al rey!-Le asestó un golpe con una espada que desenvainó a gran velocidad y que el soldado detuvo a duras penas, perdiendo la suya tras el bloqueo. No esperaba que fuese tan fuerte ni que desenvainase una espada con esa velocidad y destreza.
El siguiente movimiento de su espada le cortó la cabeza al soldado cojo e indefenso, ahora también decapitado. A aquel que siempre la había protegido.
La ladrona lamentó su muerte, y hasta había sentido cierta pena, pero no se enfureció como debiera haberlo hecho al verle morir
-Ese peinado no le favorecía. Le he hecho un favor. Estar enamorado de ti es una tortura que pocos pueden aguantar.
-Gilipollas...-La ladrona le escupió.
-Cuánto desprecio injustificado hacia mi persona. Eres tan cínica como él. ¿Por qué no nos podemos llevar como antes?
-Porque no eres el de antes. Has cambiado.
-Ja,ja,ja,ja. ¡Claro que he cambiado! ¡Tú me cambiaste! ¡Vosotros me cambiasteis! Y él también me cambió.
-Sabes que siento lo sucedido. Tú en su día quisiste cedérselo, pero las leyes no lo permitían. Él solo...
-Miró por si mismo. Lo mismo que voy a hacer yo. Podría decir que actúo solo por venganza. Demasiado simple para mi gusto. Voy a ir más allá...no solo este reino está al borde del abismo. El mundo entero. Yo me encargaré de encauzarlo.
-Tú...tienes el cofre. ¡Pero si ni siquiera sabes lo que hay en su interior!
-Sé que de él depende este reino. Y se que tras él se esconde algo más que desconozco y pienso descubrir. Se me negó lo que me pertenecía por derecho. Se me arrastró a una vida en el olvido y el desprecio. ¿Es lo que pensamos restaurar? Yo me aseguraré de que no se consiga, solo con eso me daré por satisfecho. Y espero que tú no hayas cambiado de opinión.
-No voy a dejar que lo mates, si es a lo que te refieres. Los planes han cambiado.
-¿Me estás diciendo que, después de todo, te estás dejando manipular otra vez por él?-Volvió su semblante serio.
-Las cosas han cambiado...voy a ayudar al reino.
Fue el puñetazo más doloroso que le dieron en su vida.
-Si te unes a él otra vez correrás su misma suerte.
-Que así sea...-Escupió hacia él la sangre.
La espada se movió a una velocidad asombrosa, deteniéndose al mismo tiempo de la forma más repentina. La podía sentir en su cuello. No podía matarla, algo se lo impedía. Se giró. Ella comenzó a levantarse hasta que recibió una patada que la volvió a tirar.
-Esperarás aquí y saldaremos cuentas del pasado.
Cogió una correa del caballo, agarró la muñeca de la ladrona y la ató a una roca de la montaña.
-Saldré con su cadáver y el contenido del cofre. Y entonces tendrás que elegir, él o yo. Te lo pondré muy fácil.

El trueno había sonado varios minutos después de que el relámpago se mostrase sobre la roca de esa montaña y cayese sobre sus cabezas fulminando una de ellas. Ese rayo apunto de penetrar el monasterio le miró, era una mirada distinta. Añoraba, recordaba, lamentaba. Podía verlo. El ciempiés se resignaba a morir, pero ya había empezado a autodestruirse.
Apartó la mirada y se adentró en el monasterio, dejando atrás dos cadáveres sembrados por él, a una mujer de su pasado atada como un perro en una roca y el vacío de un príncipe que había desaparecido aterrado por la tormenta que les había caído encima.
Junto a ella vio pasar una mariposa que se posó en el tejado del monasterio. Un auténtico rayo descendió de los cielos y la primera gota de lluvia mojó su pelo. La mariposa, por un momento, parecía que la observaba. Después se posó sobre el cuerpo sin cabeza del soldado cojo. Hurgó en su cuerpo manchando sus alas de sangre, como en su sueño. Después alzó el vuelo de nuevo aleteando con entusiasmo y esparciendo pequeñas gotas de sangre, provocando su propia y peculiar lluvia. Un nuevo rayo les acompañó, una lluvia más intensa. La mariposa ascendió y ascendió y, para siempre, se perdió en la tormenta.

 -La primera imagen pertenece al usuario de Deviantart LuisaPreissler: http://luisapreissler.deviantart.com/art/Human-293960069 
-La Segunda imagen pertenece al usuario de Deviantart btsucks: http://btsucks.deviantart.com/art/butterfly-3017737