martes, 14 de mayo de 2013

Trono Serpentino



La oscuridad invade el bosque, de ella brota agua. No he dicho que sea lluvia, no he dicho que sean lágrimas. Avanza con rapidez y decisión, sus pasos retumban con gran sonoridad anunciando su llegada, un estruendo nacido de la luz. Unos lo llaman tormenta, otros creen que es la verdad en mentiras envuelta. El llanto de una mujer resuena en sus corazones, aúlla de dolor creando una peligrosa tempestad. Los árboles son solo espectadores que sufrirán en su corteza el mismo dolor que los hombres. Otra luz proyecta el camino, una luz a punto de desvanecerse, menos imponente que la primera, pero más falsa y ardiente.
Finalmente la luz encuentra lo que siempre ha poseído, la oscuridad más absoluta. Una oscuridad pétrea que no se oculta entre mentiras, dando forma a la verdad más cruel. Aferrada en ella se encuentra un hombre sentado en un trono, un trono que no significa nada, forjado por mentiras y engaños. Un trono en el que el hombre se mantiene a la espera de enfrentarse a su destino. Algunos dicen que espera pagar lo que debe, otros cobrar lo que se merece. No le importa el oro, el oro brilla demasiado y la luz le ha sentado en ese trono. Sus monedas son gotas de sangre, su espada era de luz y su coraza es ahora la verdad.

La luz inundó la sala principal acompañada de otro estruendo. El aullido que acompañaba la noche pudo atravesar con fuerza el muro de oscuridad consiguiendo revolver al hombre en su trono, mientras las gotas caían con delicadeza al suelo empolvado. No eran de sangre si no de agua, gotas de agua que no sabían a nada y gotas de agua demasiado saladas, cuyo sabor el falso rey ya no conocía, pero que habían conseguido abrir una brecha en el olvido.

La falsa luz se apagó cuando estuvo frente al trono y su dueño. La oscuridad tomaba forma, varias formas, formas que al igual que el odio se prolongaban sin sentido. Solo una portaba la primera luz, en su espada, su armadura, su mirada y su corazón. Pronunció unas palabras agitado, el rey se mantenía callado. Él sabía la verdad, pero acabar con la mentira no haría más que transformar el odio en miedo, el miedo acabaría convirtiéndose en ira y más adelante en odio otra vez.  La serpiente que enrosca con su brillante y pegajosa cola el mundo reviviría mordiendo su cola de nuevo, como lleva años haciendo.

El sonido del odio prolongado, el mismo sonido que el portador de la verdad blandió una vez manteniendo a la serpiente viva y con sus colmillos aferrados al final de su cola, se escuchó en la sala multiplicado por diez. Pero los otros nueve solo eran réplicas del odio que portaba la luz, réplicas que no podían hacer mucho contra la oscuridad que se hallaba frente a ellos. La verdad atravesó luz y oscuridad, atravesó el odio convirtiéndolo en miedo y atravesó el amor convirtiéndolo en pena. El rey recibió lo que quería, auténticas gotas saladas, pero no de agua, gotas que sabían a óxido, gotas más densas que el agua o las lágrimas. Abundantes gotas que cubrieron la sala, extraídas por un odio diferente al de esas nueve figuras, un odio más profundo y real, pues ellos seguían siendo réplicas. Nueve sombras sin valor ninguno se desvanecieron y sobre ellas, frente a frente, todavía quedaban dos. La verdad que fue mentira, la mentira que no fue nada, la oscuridad que fue luz y la luz que ahora solo era una sombra. Dos odios que antaño fueron amor ahora enfrentados. El amor fue carne y como la carne, fue débil, perecedero, blando, mientras que el odio es acero, férreo, duradero, estruendoso, peligroso, capaz de rasgar la carne, capaz de rasgar el amor más puro. De ese odio todavía brotaban chispas.

La vejez nos aporta sabiduría, ilumina la verdad; la juventud nos da fuerzas y utopías…fue el odio más joven el que  atravesó al más viejo. La carne quedó perforada, pues al igual que en el amor, solo era cuestión de tiempo que se abriese una brecha en ella. La coraza en cambio no solo perduró, sino que se extendió. La oscuridad comenzó a alargar sus garras hacía el joven rubio que a pesar de todo no dejaba caer su espada. El falso rey sonreía, ni sangre ni lágrimas caían, solo la verdad se acercaba y la oscuridad se extendía. El caballero rubio se hacía más grande, pero no por vencer al mal o vengar a su amada, ni tampoco por convertirse en un héroe o una leyenda, la oscuridad le agrandaba. Su brillante espada, su pelo rubio y sus ojos azules se tornaban negros, su poder aumentaba, pero la verdad todavía no había sido desvelada. Su enemigo, el infame asesino rey de un castillo abandonado, lejos de perecer, se agrandaba junto a su verdugo. Las paredes retumbaron, el techo se desmoronó y los cimientos mismos de la tierra se agitaron. Dos entes gigantescos y oscuros se alzaban en la tormentosa y lluviosa noche, dos entes en los que todos ahora estaban pendientes, daba igual que fueran seres celestiales, terrenales o sumidos en las profundidades, todos los observaban, inquietos, aterrorizados, todos menos la serpiente que aburrida esperaba el momento de volver a clavar sus colmillos en la piel cicatrizada de su cola, una piel que nunca mudaba.

Al igual que la leche alimenta a un recién nacido para que crezca fuerte, la mujer de leche había alimentado a estos dos engendros gigantescos y oscuros. Una mujer de tez pálida, pelo níveo, vista aniridia, pupilas blanquecinas y corazón gélido que al igual que la nieve podía conseguir que la piel ardiese. Observaba en medio de la oscuridad, con las telas blancas de su largo vestido agitándose por el viento y el poder que emanaba del derruido castillo. La lluvia no la mojaba, los truenos no la asustaban y mucho menos sus retoños, a los que parecía no amar, pero si necesitar. Esperaba como si ya supiese el resultado. La lucha era confusa, no había espadas, ni puños, ni siquiera magia, solo una masa oscura que se revolvía. Al final la nube recuperó las dos formas gigantescas. Una atravesaba, con lo que parecía un brazo, el pecho de la otra. El mismo pecho perforado de hace solo un instante por el mismo odio que empuñaba el otro gigante. El resultado fue similar. La sombra gigantesca que una vez resguardó a un rey se desvaneció y sus restos chocaron de lleno contra el segundo gigante oscuro, que esta vez empequeñecía. La verdad había tomado una nueva forma, el hombre rubio ahora era moreno, sus ojos azules eran oscuros y su espada se había oxidado. El odio se había asentado y la serpiente el mordisco había ejecutado. El poder de las sombras que emanaba de la carne del segundo guerrero reconstruía las almenas y torres pulverizadas por la batalla, todas excepto una que se mantenía como un recuerdo de las batallas que se habían librado siglos atrás en ese lugar.
El hombre alzó su nueva mirada, una mirada que solo veía verdad y oscuridad incluso donde había luz. Pero el hombre solo veía a la mujer por la que había luchado, a la que había amado y por la que seguía sintiendo algo…algo que no era amor. Las puertas del castillo que él mismo abrió estaban ahora cerradas, pero la mujer las había traspasado como un fantasma que se encontraba frente a él. La misma sonrisa que hubiese gustado ver en su amada es la que hubiese gustado sentir en su rostro.

La blanca mujer se desvaneció igual que el amor que sentía por ella. Tal vez fuese solo un sueño, tal vez una pesadilla, un fantasma o el espejo de su alma, pero lo que si era real era la verdad. Pudo verlo con sus nuevos ojos, pudo ver desde el castillo como su amada ya no era un ente, como volvía a la vida y regresaba a la ciudad donde la conoció, como acariciaba a un hombre, como lo sonreía, lo abrazaba y lo besaba, como se metía en su cama. Parecía una imagen del pasado, su pasado. Por unos instantes pensó que era el presente, pero entonces comprendió que se trataba del futuro. Los oscuros ojos le habían mostrado la verdad que inflaría la mentira, una mirada que miraba al infinito, que observaba como la serpiente mordía su cola. Las gotas de sangre que vertía no pertenecían al reptil sino al mundo y sus habitantes. El castillo olvidado tenía un nuevo rey que no olvidaría con facilidad lo ocurrido. Un rey que había cobrado y pagado y esperaba hacerlo de nuevo, como lo hizo su antecesor.

“Me amaste” se escuchó decir en el vacío donde tal vez se encontrase ahora el antiguo rey. “Te usé” pronunció una voz fría, “nos salvaste, te sacrificaste, te condenaste”. “Fuiste mío, de la luz; fuiste parte de él, de la oscuridad. Tú, valeroso guerrero, la contuviste durante cien años sin poder salir de ese castillo, solo pudiste salir cuando el poder empezó a desvanecerse, y cuando lo hizo y pudiste abandonar tu prisión, clamabas venganza y sangre por lo que te hice, lo que llevó a mi nuevo amado a viajar al castillo dispuesto a luchar contra ti y vengarme. El nuevo amado, el nuevo guerrero, el nuevo recipiente, el nuevo rey que cumplirá tu misma misión durante un nuevo siglo, manteniendo a la serpiente en su lugar, realizando los mismos actos de venganza que tú has cometido  cuando sea libre, cuando todo esté a punto de descontrolarse, sembrando el odio en mi siguiente conquista, sellando en él a la incansable oscuridad, partiendo a donde tu hayas partido. No sé dónde has ido, pero has cumplido ¿Con el bien? No lo sé, pero si con la luz, con nuestro reinado”

La luz proyecta sombras, sombras proyectadas de materia que se mueve por el mundo. Estos tres elementos componen lo que conocemos como realidad, una realidad cuyo desenlace siempre es la oscuridad y en la que solo existe la lucha, una lucha sin sentido que nadie entiende ni quiere entender. Una lucha que nos mueve, no sabemos muy bien a donde. Una lucha infinita en la que no existe maldad o bondad, solo poder, interés y una cruda realidad, en la que tal vez no exista nada, solo nosotros.

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