jueves, 27 de octubre de 2016

El abismo del Destino



Buscáis el miedo. Adoráis el miedo. Necesitáis sentir los tentáculos del terror acariciándoos las mejillas, lenguas demoníacas rozándoos los labios e incluso atravesando vuestra garganta para dejaros mudos durante unos instantes. Deseáis tener esa sensación, queréis olvidar las mariposas en el estómago para sentir lombrices agujereándooslo poco a poco. Deseáis gritar, desgañitaros, revolveros e incluso correr; huir despavoridos como si la abominación más terrible surgida de las profundidades del océano os siguiese. Eso es porque no habéis oído hablar de mí, no me habéis visto, no me conocéis. Es porque no habéis estado donde yo he estado. Ninguna criatura marina de milenios de antigüedad y nombre impronunciable es tan terrible.

Escribís sobre mansiones antiguas donde habita ese ser maligno del más allá, sobre calles oscuras envueltas en una densa lluvia en las que, si pones atención, puedes oír algo más que el repiqueteo constante de las gotas de agua sobre el asfalto y los vehículos que hay sobre él. Creéis que no hay nada más terrorífico que un cementerio a altas horas de la noche, o que lo peor que podéis oír es el aullido de un lobo hambriento en un bosque sobre el que descansa una nube que os engulle antes que cualquier lobo.
Ahí no están las historias de miedo de verdad. No encontraréis nada más que la sugestión inevitable transmitida por miles de novelas o películas que nos llenan la cabeza de atmósferas repetitivas hasta hacernos creer que el mal acecha ahí. Olvidáis el miedo a la luz del día, en lugares concurridos, realizando vuestra rutina. Me olvidáis a mí.

Me acogéis en vuestras casas esperando que os ayude. Creéis que el daño que le hecho a otra gente tiene un motivo y que era un mal necesario para llegar a algún punto que solo yo conozco. Justificáis mis actos hasta que os toca a vosotros. Yo escribo sobre vuestras vidas mientras las contemplo, y cuando sois vosotros los que contempláis lo que yo he escrito es cuando descubrís quién soy realmente. Cuando la tinta de mi pluma inunda las páginas de vuestra vida es cuando vuestro corazón alberga el mayor vacío, y cuando queréis echar a correr para alejaros de mi y reclamar vuestra libertad como individuos ya tenéis un pié en el abismo. Miráis hacia él, os enfrentáis a él y lo perdéis todo. Dejáis vuestro cuerpo inerte. El abismo puede con vosotros y creéis que es hora de que os engulla. Pero yo no he dejado de jugar, no quiero todavía perder mis juguetes. Y cuando os engulla será de la manera que no deseabais, solo una parte de vuestro ser desaparecerá con él, la otra se mantendrá sobre la tierra que para vosotros ya no significará nada, la tierra que para vosotros ya será parte del vacío del abismo, carente de sentido, oscura, fría, sucia, pesada, insignificante. Terriblemente injusta y peligrosa.

Puede que claudiquéis y decidáis hacer cosas que nunca imaginasteis con tal de dejar atrás la desazón que os desgarra, que la toméis con mis mensajeros terrenales y acabéis con la vida de aquel doctor negligente o ese conductor borracho, o tal vez con vosotros mismos y los errores a los que os conduje. Pero lo único que sucederá es que la sangre se fusionará con la tinta que daban forma a esas palabras. Palabras que daban forma a esas escenas, escenas que daban forma a la vida, vida que daba forma a la muerte. Muerte que daba forma al tiempo, finito, pero eterno; configurado, pero roto. Tiempo que habrá acabado para vosotros como seres humanos cuerdos. Ya acabéis con vuestra propia vida o con la de otro, lo haréis sin pensar que solo era una de tantas criaturas surgidas del abismo, invocadas por mí. Un peón tan importante como las personas a las que perdisteis por su culpa. No significaban nada y lo eran todo. Engranajes. Sin ellos nunca hubierais mirado al abismo, no lo conoceríais, no comprenderíais qué es.

¿Y qué es el abismo? No os preocupéis, la mayoría de vosotros miraréis en él y muchos os encontraréis con vosotros mismos. El resultado tras mirarlo dependerá del tiempo que estéis ahí, contemplando la oscuridad de la verdad. Puede que no contempléis nada, una nada que os trastocará y asustará. Puede que os veáis a vosotros mismos, una imagen vuestra que no querréis recordar y que no reconoceréis. Pero, si no tenéis suerte, puede que me veáis a mí jugando en la terrible certeza del vacío, un vacío existente solo para trastocaros hasta destrozaros mientras forméis parte de la vacua existencia. Un concepto deliciosamente paradójico y complejo para vuestra frágil mente que solo comprenderéis cuando forméis parte de él, en el momento en el que dejéis de existir.

Solo debéis saber que el miedo no lo encontraréis en esas mansiones abandonadas, en esas oscuras calles lluviosas, en esos bosques cubiertos de niebla con lobos hambrientos, en esas historias de monstruos marinos. El miedo lo encontraréis en el abismo, y el abismo está en todos lados, esperando a que os adentréis en él para quitaros todo. El abismo es la vida, el tiempo, sus engranajes, el destino. Y yo soy el Destino, el mayor de vuestros temores. Soy capaz de todo, de los mayores horrores, sin que jamás los comprendáis. Y os llevaré de la mano ante ese horror sin que lo podáis prever de ninguna manera. Mi nombre os puede causar alivio, una excusa para soportar el dolor. Pero sabed que no hay consuelo, pues mis designios son caprichos y mis caprichos son insaciables. Algún día lo sabréis, yo os llevaré allí, lejos de la vida que deseáis, lejos de la muerte que esperáis y más lejos todavía de la cordura que no valoráis. Porque nadie, ni siquiera tú, estimado lector, puede hacer nada para evitarme.