viernes, 6 de enero de 2017

En el umbral

Ryhen era un niño del Bosque del Umbral, un paraje maravilloso en el que vivían infinidad de niños que jamás crecían y cuya alma siempre les acompaban para hacerles felices. Un día de cada año, en el bosque nevaba y hacía un frío descomunal. Eran tan bajas las temperaturas que cualquier persona corriente quedaría congelada tras pasar unas horas en el él. Si los niños del bosque del umbral no morían era gracias a su acompañante eterno, que se fusionaba con ellos creando energía muy, muy cálida en su cuerpo. Ese día, el bosque brillaba con una luz verde muy intensa que podía verse desde cualquier rincón del mundo. Ese brillo anunciaba el fin de ciclo y la renovación del alma de cada persona, por eso, durante un mes se iluminaban las calles con luces verdes. Era una fiesta que sacaba lo mejor de las personas. Sí, como la Navidad, solo que aquí la llamaban fiesta de la Umbralita. Con la Umbralita, un mineral muy común en aquel lugar, podían iluminar las calles con la luz verde, muy parecida a la luz que emanaba del bosque. Y, al fin y al cabo, el bosque de donde provenía esa luz se llamaba Bosque del Umbral, como ya he contado, así que el nombre le venía que ni pintado.

El día previo de la Umbralita los espíritus de los niños se introducían en sus cuerpos para comenzar el periodo de hibernación de tan solo un día. La nieve empezaba a caer y el brillo que desprendían los niños echados junto a su árbol iluminaba cada copo. Esa nieve de luz verde indicaba que quedaban pocas horas para que todo el bosque brillase.
Durante el día siguiente a los niños de todas las ciudades del mundo se les regalaban cosas para que les hiciesen compañía durante todo ese año, aunque siempre eran cosas materiales.
Ryhen era el único que estaba verdaderamente en el umbral, el umbral entre la gente corriente y los niños del bosque, pues ni recibía regalos ni el calor del reflejo de su espíritu. ¡Para colmo, era el primer año de Ryhen en el bosque! Cuando los niños se fusionaron con sus espíritus y se tumbaron junto a su árbol empezó a sentir mucho miedo. Tras miedo vino el frío acompañado de la nieve. No tuvo más remedio que partir.
Cuando estaba a punto de perecer congelado sintió una calidez que jamás había sentido y pudo salir del bosque vivo y con energía más que suficiente para pasear por el pueblo cercano.

Sabía que después de la lluvia verde, el Bosque del Umbral se iluminaba tan intensamente que todos podían verlo desde cualquier sitio. Entonces, antes de que terminase el día, todos se reunían en el punto más alto de su ciudad o pueblo para ver la Gran Luz que cruzaba el cielo y absorbía la luz del bosque, devolviéndolo a la normalidad. Se dice que la luz absorbida del bosque por la Gran Luz Celestial se esparcía por todo el mundo repartiendo prosperidad. ¡Es más! Si te has portado bien y eres de corazón puro te puede conceder un deseo.

Ryhen subió al punto más alto del pueblo, y entonces la vio, magnífica, cruzando el cielo con una grandiosidad inexplicable, iluminando el mundo, tan verde como la luz del bosque. La miró fijamente. No cerró los ojos, solo la contempló perdiendo la noción del tiempo. Podía haber pedido ser como los demás, tener un acompañante eterno, un amigo normal, comida o dinero. No pidió nada de eso, de hecho no pidió nada. Se quedo anonadado mirando esa luz, dejándose bañar por ella, asombrándose por su gran calidez. Era magnífica. Entonces, la Gran Luz Celestial se detuvo sobre el bosque y se hizo más grande cuando absorbió la luz del bosque. Se quedó por un momento flotando en el aire y, tras unos segundos, salió disparada hacia el pueblo.

La gente gritó entre maravillada y asustada cuando la Gran Luz pasó por encima de sus cabezas, él en cambio se quedó en silencio cuando le atravesó el pecho, del que salió la silueta de una mujer reluciente ante la que todos se inclinaron. Todos menos Ryhen.
-No he venido a concederte ningún deseo -susurró la mujer.-Al fin y al cabo ningún deseo has pedido. Pero siento tu corazón. Que no puedas proyectar tu alma no quiere decir que no la tengas... de hecho es la más intensa que he conocido. Tan intensa es, que no hace falta que la veas y hables con ella para que te sientas bien. Ella te ilumina y te mantiene con fuerzas y calor, por eso saliste del bosque sin congelarte, Ryhen.
-Sabes mi nombre.-Se maravilló Ryhen.
-Tu alma me lo ha dicho.
-Pero yo no la oigo.
-Yo tampoco... pero la siento con la misma intensidad que tú.
-¿Y qué hago para que la gente me quiera?
-Nada, Ryhen. No has de hacer nada. No aquí, este no es tu lugar. Tu lugar está muy lejos, cruzando otro umbral. Te necesitan más en ese otro lugar, pues otro niño debe llegar donde estás tú y tú has de conducirlo hasta aquí, Ryhen.
-Y, ¿entonces seré feliz?
-No a ojos de los demás, pero los demás no saben mirar. No debes buscar su aceptación, no la necesitas. Tampoco les culpes por ello, necesitan la luz que a nosotros nos sobra. ¿Sabrás dársela, Ryhen?
-No sé cómo, pero sé que lo haré.
La silueta de la mujer creó con su luz un portal, tras él se veía un mundo totalmente diferente.
-Crúzalo sin miedo, pequeño. Serás un regalo para muchas personas de ese lugar.
Ryhen ya no se sentía triste, ni tenía frío. Ahora sentía el calor, siempre había estado ahí aunque no se había dado cuenta. Y, ahora, repartiría esa luz y ese calor en aquel mundo para compartirlo con la gente que estuviese sola como lo había estado él.
Antes incluso de cruzar el umbral, sintió eso a lo que llaman felicidad.